Los huesos de Leopoldo

“Aquí tenéis  al que en su mente ningún espacio se endurece, el que de pronto no siente el alma a su izquierda, del lado del corazón. Aquí tenéis al que la vida ve como un punto y para quien el alma no tiene rajas, ni el espíritu orígenes”. (El pesa-nervios, de Antonin Artaud). Bien… es una cita que, si bien poco tiene que ver con España (o sí, meramente), acude con facilidad a la hora de tratar sobre uno de los más singulares poetas que ha dado nuestro país desde tiempos de lo novísimo, pasando por la cinta El desencanto, que firmó Jaime Chávarri. Leopoldo María Panero, que, en ocasiones, renegó del María para conciliarse, como asegura en entrevistas realizadas en este volumen que publica Huerga & Fierro, con él. Aquí habla, no solamente de sí (nos es aún difícil separar personaje, en este caso más que en ningún otro en lo referente a las letras españolas, de obra) de sus autores predilectos, los que encumbraron una sima cultural pocas veces vista en España. Aquí el rey de la lisergia, Panero, desentraña a través de cartas la pasta de la que está hecha su lectura del Peter Pan, así como de autores como Lewis Carrol, Jonathan Swift, Mallarmé, Lovecraft, Hawtorne o Huysmans, pasando por gente, que no lo abandonó, como Félix de Azúa, Claudio Rodríguez o el “hermoso vencido” Eduardo Haro Ibars (en una radiografía anecdótica con algo de  “incendiaria”), aparte apariciones más emergentes en cuanto a nuestra reciente literatura, como los propios responsables de esta edición o el excelente escritor Diego Medrano, con quien el autor se embarcó en una correspondencia mítica y de peso en cuanto a la literatura de nuestro país (hoy difícil de rastrear), Los héroes inútiles.

No falta ni sobra espacio para que un Panero desechado a vivir entre las ruinas de una coherencia difícil de emitir hable de “los idiotas” y con ello me estoy refiriendo a unos cuantos plumíferos de este país que, no sólo trataron con desprecio a Leopoldo, sino que, según el juicio del hombre encerrado (también en un sí mismo lleno de haloperidol y otras sustancias, pongamos atípicos) en Mondragón, entre otros lugares, “cagan insanamente” sobre el legado de Cervantes o Quevedo.

En definitiva, esto es una lectura que no deja indiferente sobre un rey de lecturas calculadas, en este y otros tiempos, para huir de la indiferencia. Sus líos, sus broncas. Lo dijo bien claro a Dragó en su programa ante la pregunta de éste: Leopoldo ¿Tú oyes voces? / A mí lo que me gusta es comer y follar como a todo el mundo. El genio de la psique aparatosa quería huir, salir a una España blanca que poco tuviera que ver con el recuerdo del 23 F, ser él, ser, lo consiguió, su familia. El poeta quería descansar. Y que pasaran un poco de quién o qué era. El hombre, sencillamente, escribía.

.

Publicado originariamente en el número de octubre de Revista Leer

Comments are closed.