LISTA (no exenta de brevísima reseña -en Francia popular bajo el apelativo “Toque Masa”-) DE LIBROS LEÍDOS DURANTE INGRESOS HOSPITALARIOS

Pulp (Bukowski): Acababa de salir (en aquella colección mítica Contraseñas de Anagrama, hoy desaparecida). Yo estaba demasiado medicado, por primera vez, con neurolépticos (a mansalva). Cuando me fui recuperando, ya en casa, volví a cogerlo descubriendo, para mi sorpresa, que en él había subrayado las veces en que aparecía la palabra “coño”, por lo que, en un ejercicio de vacua utilidad, me sirvió para lucirme en una tertulia señalando su número para sorpresa de quienes, muy justamente, aplaudieron mentalmente mi boutade pensando que, efectivamente, yo era un obseso. Lo único acerca de la historia que alcanzo a reseñar es que, como el título indica, se trataba de una novela Pulp (la primera de este tipo que leí), bien como introductora hacia este género. Esto es, mala, y Bukowski, no obstante.
La forja de un ladrón (Umbral): Me gustó. Un Umbral, como siempre, dado a lo autobiográfico, a la memoria histórica, en este caso, de la posguerra. A pesar de este dato, sirve (hay otras del autor -pocas- que también lo hacen) para señalar a aquel que lo niega (con impunidad y en ocasiones alevosamente) que Umbral-he-venido-aquí-a-hablar-de-mi-libro, aparte de prosista castellano puro (donde brilla como solista y a menudo es considerado, también en parte por su exagerada producción, el mejor) el hecho de que el madrileño SÍ sabía hacer novelas en el sentido más purista del género.
El aliento (Bernhard): Es la tercera entrega (por orden de producción) de la famosa pentalogía y nos habla, precisamente, de hospitales (lo que la hace ideal o su contrario para optar por leerla en un hospital). El austriaco siempre ha ido por modas en cuanto a cuál de sus obras es la mayormente maestra (más en España que, debido a otras cosas, en su país de origen) y El aliento tuvo también su época entre las favoritas según algunos especialistas. Sí, es muy buena, pero ni más ni menos que el resto de las que componen esta autobiografía única en cuanto a historia literaria del siglo pasado. Bien, pipa lo pasé esa tarde, como, si bien es verdad que no siempre, casi siempre con las obras de este hombre. Esta breve reseña es, si posible, más vaga aún que las anteriores (no he dicho nada que no se sepa, ni de mí, ni de la novela, ni del autor). Bien, debido a esto que acabo de señalar entre paréntesis añadiré: Pobesito, como los anteriores, está muerto. Qué pena eh. Suponemos que lo de la muerte no se dio mientras estaba escribiendo esta fabulosa, ya lo he dicho, pentalogía. Ay, qué tristeza de chistes que hago. No me peguen, que ya lo hago yo todos los días un mínimo de cuatro veces. Muy buena; su abuelo, a quien el autor quiso mucho, se muere debido a una cosa respiratoria en ella y nuestro amadísimo Bernhard, que era mucho más español que centroeuropeo, nos lo cuenta a su manera, esto es: haciendo malabarismos que parecen no tener final. Al principio coge una pera y la lanza al aire, luego otra, hasta cinco, pero las va soltando y metiendo nuevas peras (que a veces son hasta manzanas) en ese arte suyo malabar, hasta que pasa lo que pasa, que se acaba el libro y cada pera se queda en su frutero. Uno lo cierra y se dice: Bien, otro Bernhard. Guay.
– Big Sur (Henry Miller)Animado por haber regresado a su trilogía (de la que sólo terminé Sexus que, en general, me dejó frío) descubrí una de sus mayores prosas desde Trópico de cáncer. La historia (es un tocho) es, básicamente, descripción y, a través de ella, buenrollismo. Hay que ver cómo le molaba Big Sur a Henry Miller, hasta de sus vecinos habla bien, de todo. Hay que ver… con la mala hostia que se gastaba siempre y, sí, esos cielos, esos paisajes… joder, Henry Miller, cómo le molaba ese rollo del Big Sur, esa vida tan contraria a la que hubo llevado donde se pregunta ¿Dónde estabas, hogar mío? Nada, un tostón, pero qué pluma, joder.
– Un mundo feliz (Huxley): Al igual que durante la lectura de Pulp yo estaba empapado de vida neuroléptica (vegetal). Con este me di cuenta mientras avanzaba las primeras páginas. No lograba asimilar lo que proponía por mucho que hubiera oído hablar de ello. Me he planteado, muy ligeramente, regresar a esta utopía, pero me lo niego. Me trae recuerdos de una época que no voy a olvidar y que, en el fondo, no era tan mala. Quizá ya me han entendido, me traen recuerdos de no haber sido capaz. Me traen recuerdos de ser un tonto del capirote, por mucho que, en la ocasión referida, estuviera justificado por la ya nombrada “vida medicacional”.
– Aviso a los civilizados (Leopoldo Mª Panero): Llegué a este libro (prácticamente desaparecido) de puro casual y me enamoré de él. Luego me di cuenta de que sólo me había llamado la atención por “las perolas”. ¿Un libro de ensayos de Leopoldito? Curiosamente también lo leí bajo efectos antipsicóticos, aunque más permisivos que los referentes a la época en que leí el de Huxley o el del viejo Buk. Si lo recojo de la estantería encuentro cosas anotadas que llegan a serme de interés (escaso). Leopoldo, en su primera época, era un ensayista genial (lo demuestran sus prólogos hasta, aproximadamente, su obra Orfebre -intento quedarme corto, sé que se nota-). Nada, ya digo, decepcionante. Muy bueno para enseñarlo a una visita que ¡oh! lo desconocía y dárselas de algo, pero sólo para eso. Se lo presté a un amigo gay que residía unas cuantas habitaciones más cercanas al comedor que yo. Un tipo inteligente, aunque algo desfasado, que se enamoró de ciertas notas. Ay, el amor. Qué diáfano resulta un centro de salud mental para tal tema entre temas. Na, no voy a volver a este libro. Lo primero que me vino a la mente fue justificar la situación del autor, precisamente, con ciertas medicaciones, pongamos, de tipo revolucionario.
– Santa María de las flores (Genet): Buah, un 10 y medio. No me enrollo más. Inauguró mi fiebre totalmente pasional por el autor.
– Diario de un ladrón (Genet): Aquí el hombre de mundo por antonomasia redefine lo denominado literatura beat en una revisión de sí mismo. Lo que lo coloca como el único autor beat del siglo XX, dejando a los amigos de Burroughs como lo que eran: Unos yupis algo inquietos dados a la curiosidad contemplativa.
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