Lectura de Confesiones de un hombre raquítico, por Francisco Rodríguez Mayoral

Hace ya varios días que acabé de leer un libro diferente. Empieza con una frase que me hizo meditar en el acto, por el mismo acto en el que me pilló la meditación. Dice la frase: «Uno es lo que hace». Y, en ese momento, me hizo sentir como una mierda. Pues me encontraba felizmente acomodado en el glorioso e íntimo lugar donde más he leído en mi vida.

A partir de ese instante de suprema lucidez, inducida por el escritor Alberto Masa, me sentí trasladado al trascendente territorio de la escatología. En sus dos profundas acepciones que, en mi caso, están inseparable y respetuosamente vinculadas. Y deseo destacar, con gran énfasis, el concepto de respeto para evitar juicios equívocos sobre las imágenes evocadas por la lectura de un libro que me ha gustado mucho… “Confesiones de un hombre raquítico” de Alberto Masa… Escritor, lector, persona, protagonista y personaje en su peculiar trayectoria literaria.

He compartido lugares, situaciones, estados de ánimo y mucho más con ese “hombre raquítico”. Con la omnipresencia de Ella, un loro, el té que se calienta y enfría con vida propia, muchos cigarrillos, el techo leproso de la cocina, la promiscua Rosa… y el héroe inconsciente del cuento, el recién parido Marco.

Me he sentido sumergido en un libro sencillo de leer, pero difícil de contar por su extrema y compleja sencillez. Un libro, para mí, raro de comentar… aunque puede que el raro sea yo. Porque me ha parecido una especie de abanico de pareidolias que pueden sugerir diferentes lecturas según la mirada de cada lector. No es divertido ni triste, aunque de ambas cosas pueden encontrarse huellas en las manchas crecientes del techo que no termina de desplomarse, a pesar de su amenaza recurrente. En el texto, todo es como una metáfora existencial del jubilado prematuro que se refugia bajo su precaria protección. Siempre con Ella, el pájaro que no da cuerda al mundo pero destroza paquetes de tabaco, con el té que tiene vida propia y los cigarrillos. A veces llaman a la puerta. Unas veces abre y otras no. Fuera hay un pueblo. El bar, un pastor con los pies a la sombra de un árbol, una tía generosa… y también Dios, a quien, en ocasiones, el hombre raquítico concede una generosa limosna.

Un surrealismo abarrotado de realidad… “Su-realidad”. Muchas verdades ficcionadas… o mucha ficción muy verdadera, o creíble al menos. Y, a la postre… ¡Qué más da!

Lo que cuenta es el rato de lectura placentera. Porque eso ha sido. Un buen rato con un libro muy bien escrito.

Alberto Masa

Y retorno a la respetuosa y positiva escatología expuesta al comienzo de esta crónica personal. Porque leyendo este libro he sentido la satisfacción incomparable de vaciar la vejiga, orinando después de un prolongado tiempo de retener su contenido hasta el límite de la resistencia. Tal era la intensa curiosidad que tenía por leer este libro, después de pasearme por la web de su autor, así como por su muro y su grupo en facebook “La semejante criatura”.

El resultado de esa metafórica micción, ha sido la visualización involuntaria de una curiosa imagen mental que se ha formado en mi mente al compás del suave ritmo impuesto por la lectura.

En la narración no hay altibajos abruptos ni disonancias. Parece que no pase nada y no dejan de pasar cosas. El tono del humor —hipocráticamente entendido— es constante en sus fluctuaciones, como el humo de los abundantes cigarrillos consumidos.

Leyendo, me he visto en un paraje de asilvestrada naturaleza como la que imagino que rodea el pueblo del libro. Allí, en la cima del declive de un terraplén agreste, lleno de piedrecitas, yerbajos y florecillas de temporada, vaciaba relajadamente mi vejiga mientras contemplaba el efecto hipnótico del reguero que, naciendo entre gorgoteos a mis pies, descendía lenta e inexorablemente por la cuesta. Fluyendo imparable, con la paciencia infinita de un tiempo suspendido entre los círculos que se dibujan en sus páginas.

Un flujo reposado que no me permitía apartar la mirada, atenta a sus vericuetos y la natural habilidad con la que sorteaba las piedras, cubría y empapaba los yerbajos, sin dejar de respetar las flores naturales de los personajes entrañables que componen el micro universo del hombre raquítico. Un raquitismo que no lo es, en cuanto a riqueza de lenguaje y construcción de imágenes literarias.

El protagonista deambula, en la relativa inmovilidad de un péndulo, entre la realidad de una existencia onírica soñada en la vigilia, siempre con Ella, y la nebulosa semi insomne de las evocaciones obsesivas de su mente, cuando duerme o lo intenta… Siempre con Ella, con la insalvable presencia de su ausencia.

Es posible que expertos más doctos en materia literaria, se rasguen las vestiduras ante lo expresado (avisado estabas, querido Alberto). No obstante, confío es que el autor valore en su justa medida mi escatológica percepción. Con ella, hago la mejor referencia posible a la nula indiferencia que este libro me ha producido. ¡Hay pocas cosas mejores que una buena meada con ganas contenidas!

Un gran placer que estoy deseando repetir con otras obras de este autor y amigo… al menos hasta hoy.

FRM [04/05/2018]

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