La azotea, de María José Codes

(09/05/09)

La primavera es una mujer bajita con rastrillo y en el pelo tiene una flor que no significa nada. La veo cuando bajo a por el pan. Hoy no bajaré porque estoy agripado y llamaré a tita Pepa para ver si lo puede coger ella. Tita Pepa son los panes que vuelan en el cuadro de Magritte, que han hecho una salve de viajar del horno al cielo y luego vendrán a casa a terminar el viaje. Son los pájaros verdaderos, porque hay otros que cantan subidos a los alambres. Decía Char que eso alegra a nuestro infierno o algo así. De igual manera yo he hecho infiernos con solamente vestirme, porque quedo bien sin la ropa.
Los pájaros, ya he dicho aquí muchas veces, cantan muy mal, son unos degollados que se esfuerzan en volver a la cabeza gritando.
La enfermedad es una publicidad del cuerpo y la tarde del ocho de mayo de 2009 no existe, al igual que nunca hubo un cuatro de diciembre de 1998.

María José vino ayer a verme y me trajo con ella su último libro -Premio Cáceres de Novela corta- “La azotea” (que he empezado hoy porque el día de ayer no tuvo tarde ni noche) y un moleskine para que anote mis cosas. Nunca, hasta ayer, día ocho, que existió en la mañana solamente, he tenido un moleskine. Siempre he tenido cuadernos-niño, que siempre he perdido, donde he anotado las direcciones que deben olvidarse.
Lo de la literatura me da igual. Algunos libros que he leído me han gustado y otros no y ya está. Una vez que quise ser literario escribí una cosa que iba de un sol que los vecinos cogían para subir hasta el doce. Se lo enseñé a un profesor que siempre fue generoso conmigo y me dijo que tenía que aprender a hilar. Tenía razón. Yo tenía 18 años y me gustaba Rimbaud porque se había ido a África a morirse y follar siguiendo este orden o el otro.

Hoy me he tomado la temperatura. Tengo 38, que es una fiebre que está muy bien. Tomo chupachús Kojac para la garganta y cigarrillos cuando ya se ha aliviado. Quiero un sitio, nada más, como todo el mundo. En el trabajo barro y luego me pongo con las herramientas pequeñas. Cuando termino todo lo que hay que hacer, -73 horas aprox- porque yo trabajo a toda ostia y profesional, le digo a mi tío que me diga la semana que vuelva a hacer falta. Con eso me saco unos euros que puedo gastarme en un día muy fácilmente y más cuando tenía amigos. Hoy mi amigo es un uruguayo que se llama Diego y con el que me la paso hablando de fútbol todo el rato, de mujeres, de precios, de películas etc; de lo que importa.
(En realidad cobro por esconderme cuando vienen inspecciones).

Tengo un pájaro enjaulado que me llama. Se llama Charli -de charlar- y nace, cada mañana, desde un chirrío. Yo, en la cocina, leo libros con él en el hombro, noticias para ver si se nace o si no mientras él me desparasita la oreja de ácaros y gusanillos. Hoy no me le voy a echar al hombro porque no quiero pegarle la fiebre (porque los 38 me gustan para mí solo y los demás fastidiarse). Hoy voy a leer La azotea de mi amiga María José, aunque ella creyese que estoy engañando y que son cosas de esas mías que digo.

La primavera es una mujer bajita con rastrillo y en el pelo tiene una flor que se la voy a quitar de una vez para luego desmenuzar sus partes en una mesa y ver de qué está hecha.

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(10/05/09)

Esta mañana llueve. Con esta frase empieza el capítulo Lluvia. El libro, que lo ha escrito mi amiga María José, se llama “La azotea”.

Mi caveza, los días de fiebre, oigo que contiene los mismos trastos que contiene el libro de mi amiga. Hasta “Esta mañana llueve” he ido subrayándolos (para eso es mío ya el libro). Desde El zumbido de silencio, grande como el de una iglesia vacía a esta mañana lloviendo, todo ello, pasando por Mongolia, que contiene todos los locos del mundo en un vaso de leche cuya piel, en los bordes, es una ola que se está rompiendo siempre en el mar que ya lo estaba desde el día ocho de mayo de 2009. Pero eso es ya mezclar una historia con un fideo.
Y precisamente Mongolia no sale al mar. Es así Mongolia ¿Qué le vamos a hacer? Lo he mirado en el wikipedia. El desierto de Gobi en estos días no es más que una azotea y, allí, mi amiga María José sí escribe sobre las cosas de la belleza (es decir: partir filetes iguales) en las manos de Mariano el carnicero, que son hinchadas llenas de cortes y él las llama grietas. Manos así me hacen mimos en la chorla (por eso lo sé) cada día en que estoy malito, cuando concilio el sueño. Es mi ángel protector, que se entiende conmigo sólo cuando duermo. Cuando estoy despierto pasa de mí y estoy seguro de que el muy animal es el que me ha pegado la gripe.

Hoy fabrico charcos en una pañoleta y miro llover en todas partes, y excepto la lluvia no se oye más que música que pongo en la cadena al azar y que luego resulta ser hecha con lluvia también.
Esta mañana hay eso. Y, a lo mejor, esta mañana también hay el tráfico de los domingos en este pueblo (es decir: lo de antes del punto de más arriba) en el que es siempre domingo y los muñecos de los semáforos (que aquí los han puesto para que se vea que España y sus pueblos molan) los dibuja en la caveza de las niñas el padre de una de ellas, que es delineante.

Pero a mí lo que me mola es Mongolia. Así que voy a hablar de Mongolia. Porque a mí me gusta Mongolia y me voy a ir allí a morir y a follar.
Cuando Bush fue a Mongolia le confundieron con Sinatra. Eso, de momento, no sale en el libro de María José. Pero a lo mejor sale luego, porque todavía voy por la frase “Esta mañana llueve” y en el libro es el año de hace tres conejos en el año de este año, que es el año del búfalo y también hay que tener en cuenta que María José, su novela, la terminó en el año del cerdo.
Señalo esto porque también hay una china entrecomillada. Ahí María José se ha salido total, porque no es lo mismo una china entrecomillada que si no estuviera entrecomillada.
Las chinas sin entrecomillar todos sabemos que no existen, o que sólo existen en el océano que es el Pekín del mundo, junto con el resto de Pekines que hay más allá de los lugares donde aún a día de hoy La Tierra no es redonda aunque esté achatada por los chinos entrecomillados -los no entrecomillados hemos quedado que son sólo tamagochis, frigoríficos y salsa para las hamburguesas de los chicos-.
Son las chinas de La China. Hermosas en los platos de tallarines hechos de más chinas, y hermosas cantando la canción de los juegos olímpicos de Pekín, que los canta otra china mucho más fea y gorda que la china que lo hace todo al mismo tiempo como los ángeles del cielo de Madrid/Pekín, moviendo la boca sólo y poniendo caras como mis hermanas.

Pero voy a seguir leyendo y ya contaré o a lo mejor no os cuento nada y se lo leáis vosotros y, en lugar de eso, llamo a mi amiga María José y se lo casco a ella y vosotros fastidien.

Ahora me voy a tomar un zumo, de momento, antes de ponerme de nuevo con La azotea, que es una novela de verdad y no esa basura británica que viene de Francia, Finlandia, Austria y Alemania.

Mira, ya no llueve. Sólo lo está pagüeciendo, my dajling.

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Fotograma escogido de la película Chungking Express, de Wong Kar Wai

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