Es mejor comer gachas

Sólo sé de mí que soy optimista. Es la única cosa que he sido siempre, desde que tengo recuerdos. Me creo todo aquello de lo que soy capaz, hasta a personas. El resto es información y, desde luego, no poca envidia. Mucha. Han llegado a ofenderme hasta las buenas intenciones y, sin embargo, soy “capaz” de traicionarme a cambio de un abrazo en el cual crea (hoy Laura, mañana quién sabe qué). Si no quiero volver al barrio es porque sé que no podría evitar visitar la parroquia (donde fui feliz) y ya nadie sabría quién soy. No tienen ninguna culpa y, por otro lado, yo tampoco sé quién soy. Por eso escribo y leo (no por vanidad, como dice la élite bajo la excusa de que alguien que escribe se sitúa entre sí mismo y el mundo para explicarse no ante sí mismo, sino ante el mundo, dudosos de que ambas cosas son una misma cosa -lo hacen hasta los ferreteros y, la mayoría de las veces, ganan más-). El sufrimiento también tiene mucho de: Mira, lo hago mejor (más intensamente) que tú, y la incomprensión también (mira qué inteligente soy que nadie me comprende). En la vida de las letras madrileña (española) mi trabajo era ser amable. Se paga poco por eso. A mí me daba lo mismo porque había dinero en casa (toda herencia es culpable, aunque sea “con el tiempo”). Mi amigo, que me llamaba su hermano, no me perdonó que le rechazara el Caja Madrid. Admito que no lo hice por principios. Si me lo hubiera pedido por favor lo hubiera cogido pero, en su lugar, me dijo que me estaba hablando de la vida real. En el Yojimbo de Kurosawa (después Leone), Toshiro Mifune perdona la vida a un pobre diablo a quien, en su camino, vio contándole a su madre que estaba harto de vivir en casa plantando coles y comiendo gachas, que él quería ser samurái y tener aventuras; lo que a día de hoy es ir al Starbucks de la plaza de Los Cubos, a que te traten con distinción (cara) y te den café malo (caro). Es el final de la cinta; Mifune, que se los había cargado a todos (murieron como samuráis, que no era poco) le dio una colleja a este chiquillo y le dijo que se fuera a casa, que era mejor comer gachas. Ya dijo el manco de Lepanto que se conformaba con poco, aunque deseaba mucho. Hoy hacen negocio con sus huesos y, sobre el tema, en televisión discutieron sobre lo relativo (que fueran de su marca o no), y esas cosas siempre redundan en opinión (publicidad). Nabokov dijo que el Quijote olía a juguete antiguo. Orson Welles no sabía qué hacer con sus protagonistas y metió a Sancho y Quijote a vivir en el Madrid de la charanga, la pandereta y los toros, permitiéndoles confundirse entre los demás, cosa que hicieron (entre la crítica popular de entonces vieron en ello un chiste, yo vi, poco le importa al mundo, sociología). Era lo mejor que podía hacer Orson (hombre bueno). Es probable que yo lleve un año sin ver ninguna película. Las historias (también novelas) sólo me han gustado para relacionarme. El resto ha sido mirarme el ombligo, cosa que desemboca en catatonía, esto es: multiplicidad de interpretaciones en la asimilación vegetal del cuerpo, lo que Artaud, a quien sacaban de Rodez y cambiaban de calzones para salir en programas de cultura, llamó Cuerpo sin órganos; luego Deleuze y Guatari escribieron el Anti-Edipo y Mil Mesetas, reclamo entre estudiantes de Bellas Artes “Ávidos de cultura”, sobre el tema, cabe decir que Zizek se hizo comprender un poquito mejor. Yo (influencias, 1977) pasé del Vonnegut de “Madre noche” (Moyano, 300 ptas) a todo eso. Ayer me arreglé (y hasta me lavé los dientes) y salí a los bares de Brunete a preguntar si necesitaban un trabajador. Descubrí, sin mucha sorpresa, que es una cosa muy mal mirada (me hubiera dado igual con tal de haber obtenido éxito). En el pueblo en el que vivo se vota por tradición y la corrupción está bien vista (hasta se llega a decir del que la lleva a cabo que no era tan tonto como “a lo mejor” parecía). Resultado: Mesa para treinta los domingos en El quiosco (carta). Ya al bar donde me dejaba caer, el Runaway de Tony, BG, actual alcalde, chaleco heredado y corbata nueva, asistía diciendo que era filósofo (efectivamente tenía la carrera). Me hicieron dedicarle un libro que terminaron no leyendo ¿Por qué? Porque era mío (orgullo, 1977). A Lord Byron, en su labor de diplomático, le hicieron presenciar en Francia (reunión multitudinaria) la justicia de una guillotina. Se puso sus lentes, y lo hizo porque era inglés. Al final todo el mundo acaba siendo algo, eso es lo que a Valverde se le olvida decir en su best Seller “El estilo del mundo”, que he retomado esta mañana y en esas sigo, contento, por decir algo. Pero sin perder el optimismo.

Foto: Javier Reta

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