Egos

Uno (y me estoy refiriendo a ti, querido desnortado que lees esto) no es más que ataraxia (pongo su origen y significado en modo enlace porque, en esta noche donde algunos majaderos se visten de vivos-muertos, celebrando, a la par, a la cosa Cotard y a la descomposición que nos aguarda, el corrector me lo subraya en rojita, al igual que la palabra rojita, siendo una de esas palabras (ataraxia) referentes en mi diccionario personal -muchos lo tildan como una razón más en la «ataraxia» de un maníaco que, tiene miga esto, vengo a ser yo). Uno es proceso, si se quiere, al igual que los amigos vivientes de la noche (no pienso salir de casa y ver lo bien que se lo pasan mientras procuro irme sin pagar de los sitios haciéndome el muerto, pero vestido con la ropa con la que, antes de ponerme el pijama, también paseo en casa). Me he mudado hace un mes y la casa también procura su felicidad pensando. Piensa la casa y, de hecho, cuando duermo, algunos muebles tienden a crujir. Uno de los espejos (me sobran todos con excepción de aquel donde me desordeno el pelo) llegó a caer noches atrás. Pertenecía a los anteriores habitantes de la vivienda, que llevaba cerrada un par de décadas.

No sé qué quiero epatar con esta entrada. Tenía por ocurrencias un par de cuentos de esos donde las puertas se abren y se cierran creando la ilusión de una realidad que nunca es precisa y que suele ayudar a que las personas que me señalan cual loco, paleto o payaso rían en su regocijo una suerte que, en su inocencia, figuran. No es cosa de acercarse demasiado, se dicen, a ver si nos van a tomar por amigos de ése o, peor aún, nos vayamos a quemar.

Uno ha de tenerse en amplia estima para tildar de sonoras liviandades prosas cuidadas que optan por salir del teclado de Juan Carlos Mestre (el paradigma me parece de lo más adecuado). Mestre graba cabezas de caballo y las adorna con flores. Ya es cosa mía que la lírica, aun habiendo nacido de La Eneida y sido mantenido firme a través de Dante y Milton, no me realice y, por tanto, sea poca amiga de mi felicidad. Me es molesta. No, la poesía no es que haya caído en desgracia, es que es la desgracia de verse, por un momento, en ella, como si ambos (poesía y persona) hicieran falta. Hace poco acudí a un recital. No era de Juan Carlos Mestre, que recita con su acordeón el devaneo de las aves sujetas por una pata a los cables de luz, sino de otros/as. Yo, que soy alguien que no sabe muy bien qué cosa es, veo que esta web, blog o loquesea que procuro y pago con el sudor de mis trabajos diarios, es visitada por una media de 933 personas al día de las cuáles un 30% se detiene a ver de qué va e imagino que esos entes sin rostro (también imagino vuestros rostros, pues mi soledad es poco equiparable al acordeón del poeta, y sólo hace música para sí) saben que yo (alguien que, de hecho, no quiere ni tiene rostro y nació en provincias o así) no soy de esas cosas, es más, para mí un recital de poesía ni siquiera es un plan de ligoteo más que una mezcolanza de pena y, sobre todo, lo lamento, asco profundo, que suelo paliar con algún licor y drogas suficientes (todas de mi particular botica).

Cuando he caído en un recital (ajeno) me ha valido con figurar que alguna persona invidente estaba masticando esas formas que salían por boca de los poetas. Echo de menos los fondos. Necesito morder la mano deudora que acarició la mía cuando niño e intuyó en ese gesto pedir perdón tras violarme duramente durante mi infancia. La lírica por la lírica, es un regalo de mi experiencia, crea violadores en lo que mis libros, todos lejos de mí (me refiero a los que me nutren, no a los que escribo yo), descansan en estanterías que no son mías. Pertenecen a una ciudad donde no he sido invitado. Y allí, como protagonista de una autoficción kafkiana, sobro. Están todos, y los únicos ojos a cuya disposición el engranaje de la verdad se abre son los del lector. Cuidado, diríamos / dirían.

Me fui pronto. Hube de huir. Sólo voy a esas cosas a verme / marearme / saber que pierdo en lo que el ser, que es uno, nadie y todo quisqui, se proyecta. Así: «Él nunca soñaba con ella. Ella nunca soñaba con él. Ambos solamente eran soñados por aquel que hubieran querido ser el uno para el otro», cantaba amargamente un Blanchot metido a novela de género. Me odio y les odio. Me asquea, repito. Luego, al llegar a casa, sé de mi cara al pedirle al chico/a de la barra mi vaso ancho, y consecuente noche sin cena, y opto renegar de ese paleto alegre, nacido para acariciar vidas de semejantes (hablo de mis violadores, yo que sólo, ay, he osado acariciar -larga y duramente- una prolongación que me es propia -también ajena-). He de acabar con mi jodida simpatía. Es transgresora, pues no atiende a ninguna necesidad. Es mortuoria, incluso. Es una búsqueda de verse ausente en la fecha de caducidad de ese alimento que uno fue debido a lo que quiso inocencia y consecuente dicha, la del abrazo al llegar a casa por navidad (qué malas son estas fechas).

Me voy a callar ya. Qué culpa tendrá la alegría de parar su reloj sobre el lomo, tendido en el asfalto, de un zorro muerto a palos. No traigo a colación hoy el de Sebald, pues ése, por lo que lo recuerdo, yacía en una cuneta anterior al descubrimiento del fuego. Lo trajeron a hoy día quemándose. A eso iba: Tú, recitador nocturno, debieras descubrir el fuego, quemándote. Obvio la chulería de encenderme un cigarro con la fiesta de tu cuerpo en llamas. No quiero que te mueras. Pero yo tampoco soy la nada que se ahoga en la forma. Ya he escrito mucho sobre la materia y la forma. Tu cara tiene forma donde debiera haber un intento de ser la mano que se excusa tras haber retozado bien la cabeza sin hacer de un niño. ¿Qué cara poner la siguiente vez que me preguntéis por mis influencias literarias? ¿Cuál para decir esto o lo otro sobre no sé muy bien qué obra de Francisco Umbral? Es tarde, y John Cage ha de descansar. Mañana asiste a una entrevista de trabajo y le han dicho que, debido a su minusvalía (fruto de la ligereza con la que es llamada la luz -insisto sobre la palabra ataraxia-), tiene serias posibilidades de que lo cojan por horas.

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PD: Durante hace ya un tiempo he intentado volcarme en escritores sin experiencia. Me veía a mí queriendo ser alguien y eso, hace tiempo, cosa que no logré. Coinciden en cuanto a la búsqueda de adjetivos sonoros y la tendencia decadentista (que emulan sin haber leído al movimiento -eran la mayoría unos pesados, incluyo a Schwob, Huysmans y, una debilidad, Lorrain-). Me vuelco, pero al final percibo egotismos que no he dejado de pasar por alto en lo que me respecta a ser vivo. La mayoría me confiesan que se quieren muertos, pero que no quieren matarse. Procuro animarles a que sigan y al final suelo darme por vencido. Me es preocupante cuando esos sujetos han cumplido ya los 30. Yo he sido salvado de la úlcera definitiva en tres ocasiones, por no hablar de un par de tratamientos incorrectos venidos de sociedades médicas (privadas en ambos casos). Quiero decir: Si queréis, podéis, queridos amigos. Y si os dejan. En lo que no llega podéis dedicaros a mirar lo fuerte y sano que crece vuestro ombligo en vuestras páginas, llenas de genialidad.

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Autoría del retrato (que repite): Mercedes Led

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