Brunete abierto al mundo

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Tengo algunos colegas que se ríen de mí en el supuesto de que voy de maldito (y como encima escribo, he estado ingresado alguna que otra vez en sitios donde hay gente muy maja que, sin embargo, a menudo recibe órdenes de Satán y me gustan los bares… pues facilito lo tienen). Supongo que, con facilidad, en su mente está la familia Panero en El desencanto, incluso algunos de ellos han tenido acceso a leer los retratos en los que, en los años (ya hace mucho que todos crían malvas) donde la del maldito era una figura casi emergente y que se llevaba, se empeñó Verlaine. Una figura que quizá tuvo sentido en esa época (que para mí no, y ahora menos) y en la que más recientemente se ha usado, incluso abusado y moldeado con la intención, suponemos, de justificar o atribuir ruido al paradigma que representan algunos personajes tan bellos y mediáticos como Paquirri. A lo que quiero ir es a los colegas del principio, donde incluyo a mi psicoanalista: Sí, cabrones, os doy la razón, estoy en edad de merecer y vivo en Brunete ¿Lo puede haber más maldito?

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PD: En la rotonda de entrada principal al centro del pueblo donde vivo hay un cartel enorme donde se lee “Brunete abierto al mundo”. La única manera de justificar ese lema que se les ocurrió al tonto del alcalde y sus secuaces (todos con uniforme -también con carrera, dicen ellos-) fue poner una mezquita. El restaurante principal (y bar de pinchos) ha cerrado hoy. No sería de extrañar que abriesen una nueva casa de apuestas. Hombre, queda la plaza, donde la apertura de café o cañeo no atiende a horario alguno, pero vamos. Normal que sea cada vez más difícil que se animen a venir a verme los colegas (y me ahorro decir nada del transporte público).

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