Almacén otoñal (Facebook)

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¿Vosotros cuando hacéis un CV también ponéis que lo habéis intentado con los tochos de Pynchon?

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Hoy me he despertado sobre las cinco de la madrugada con la idea de echarme amoniaco sobre las picaduras que me había atizado un mosquito. Acto seguido, mientras la cosa hacía efecto, he puesto una música y me he tomado una Coca-Cola. Llevo desde el sábado haciendo cálculos, mirando bolsas de trabajo y proyectos de la ONCE. Como no me ha sido fácil aclararme con los pactos que las páginas proponen, he copiado tres direcciones donde podría ir a preguntar. Por el INEM encontré una vez una señora que tenía mucha paciencia conmigo. Mi madre le dijo que tenía que hacer algo (yo) para levantar la cabeza, que estaba diagnosticado de muchas cosas pero que era muy inteligente y hasta escribía libros. A las tres semanas fui a un cursillo. No había quien se aclarase con el programa de ordenador. La única manera de que las cosas llegaran a su fin, para bien o para mal, con ese trasto, era pulsar todos los botones a la vez. Como a todas luces yo no valía intenté hablar lo menos posible y ser amable. Me hice amigo de un tipo que había estado en la cárcel porque, dijo, le pillaron. Un día tomé dos cafés con él. Luego me dijeron que me cogían de repartidor y que mirarían si, acabado el año, había algo para mí como vigilante, así que no volví a ver al chaval con el que tomé aquellos cafés. Aunque hacía un frío de la hostia y los vinos pesaban mucho, me apañé. Cuando llegaba a casa me cagaba en el trabajo y en que, por mucho que en el coche todo el mundo fumaba, fuera imposible llegar a un acuerdo con el conductor que me había tocado, ya que, dijo, el humo le ponía rojos los ojos y le picaban. Después escribía un diario en un blog que tengo por la red. Eran escritos bastante divertidos, más cerca del dadaísmo que del realismo sucio, pero no los intenté publicar. Miro atrás y no parecen haber pasado muchos años. Un día fui con mi padre a una presentación de un libro de un amigo y un amigo suyo, en coña, me dijo que yo era el Bukowski de Torrelodones. Había buenas chavalas, artistas y trabajadoras, y yo quería tomar una tercera cerveza, pero mi padre dijo que ya no más y fuimos hacia el coche para regresar a casa. De eso hace menos de un año. Tras mucho hablar con quien se ha prestado, he decidido que esperaré, no sin antes cerrar todas esas páginas de muy diferentes empresas dedicadas al empleo y la discapacidad. He prometido ser un niño bueno, que escucha, calla y sale lo menos posible. Tarde o temprano me dirán algo caso de que el papel con las direcciones donde podrían atenderme se vaya quedando a hacerme compañía en la mesita del ordenador. Quizá algún día yo sea independiente, es probable, pero hoy que, estoy casi seguro, es martes, no me toca aún. Voy a tranquilizarme, dormir, quizá leer algo. Yo qué sé.

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Me da que no soy el único al que la letra del hit “No cambié” de Tamara hizo mella en el estado cabezal y de sus intestinos. Hoy he hablado un rato con un colega que, trasladándolo a su caso, lo llama “tener mucho parque” y estaba dándole vueltas hasta que me he decidido a ¡escribir un post-en-el-que-no-sé-qué-coño-voy-a-escribir-pero-ya-estoy-en-ello! No sé aún a qué referirme y si usar ejemplos relacionados con el barrio, el pueblo de las cuatro gallinejas, el pueblo de la habitación y las redes sociales, las librerías, los bares y pubs, los chandal, los trabajos, los juicios, la poli, los médicos, el centro o el autobús o el metro, o los amores incluso (dos, tres o menos, o muchos más). Creo que voy a hablar de Valseca, de Segovia, que es, en mi vida, el pueblo al que me refiero con el de las cuatro gallinejas, aunque haya muchos más así en mi vida, es el más importante para mí (aunque lleve más de tres años sin ir) porque es lo primero que me ha recordado mi colega al referirse a estar todo el día en el parque y que, claro, el tiempo siga pasando, y hasta las generaciones e incluso gente que se muere, familia y todo eso, mientras tú eres el mismo que has sido más o menos toda la vida, que no sabes para nada qué coño es, desde que te dieron permiso para irte al parque, o te lo diste tú (habrá mil millones de casos dispersos, claro). En el caso de Valseca el rollo era ir al bar, a la piscina que hicieron aproximadamente en 1994 y luego a los pueblos de fiesta (o algo así). A lo que iba, yo siempre era el que llamaban el Kafú. Lo que significaba, por ejemplo: Cuenta la vez que llegasteis de Valverde, Hontanares o suputamadre y le metisteis las cabras en el comedor al Furfis. Y yo: Que yo no estaba, joder. Eso fue el Estivi, el cabrón. Me sé pelos y señales. ¿Cómo no ibas a estar tú? Pero si yo estaba en 5º de EGB cuando pasó eso, mentecato. Miles de anécdotas más o menos así y, mientras: Al Kafú… que no le falte de nada, que es una vieja gloria. Y les ves, y te ven, y son colegas (los findes hasta FOLLAN). Les viste tomar la comunión cuando tú ya llevabas diez años en el parque. Joder, esto lo voy a continuar. Va a ser un puto best seller. Voy a contar cuando el Estivi se casó, que no se casó, se juntó, y cuando el Furfis dejó el bar o sólo iba allí para echar la partida. Hace diez años ¿Qué digo? Hace quince, como mínimo, quince. Estas historias le encantan a Kiko Amat y, si hubieran sucedido en el sur de EEUU y yo me llamase Tim McConnors, a la editorial Dirty Works. Bah, esto es muy largo ya. Y yo en las redes sociales hace mil que no hablo casi nada de pensamientos o, también, cosas más o menos sentimentales. Hoy es un buen día. Ya. Esto ya es muy largo. Terminaré con la frase anteriormente citada: Hoy es un buen día. Un día estupendo. Y vienen a verme unos buenos colegas, y hay (cosa que ya cada vez es más difícil) unas birras, y café y Coca-cola. Porros no tengo, joder, lo siento. Hay libros y hay, bueno, está mi madre, que es muy buena, aunque ande algo senil, y la queremos. Besos.

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En una de las últimas fiestas que estuve, hace cincuenta años, había dos ingleses que hacían el pino con la cabeza. Me acuerdo, vagamente, que uno de ellos dijo que yo tomase eso que estaba él tomando, porque yo rallao de la hostia o algo así. Le dijeron mis colegas que mejor yo no, que yo muy mal de la cabeza para andar tomando esas sustancias. Y yo: qué hostias, neng, yo me lo tomo ¿Qué es eso? Y que si peyote y ayahuasca todo junto. Pues trae, inglés, hijoputa, que será porque me vaya a morir o algo, unas alucinaciones y a tomar por culo ¿Sabes? Y mis colegas, que no, que Albertito esa mierda ni de coña le deis, ingleses hijosputa, que Albertito ya tuvo bastante con los tripis y se tiró una vez desde el tejado y se jodió las piernas. Y yo: Pero si era un bajo, tío ¿Sabes? No cubría. No estoy tan mal de la chola. Joder, pensaba yo, soy una puta leyenda ¿Sabes, inglés, hijoputa? Y el inglés, fascinado y acojonao, sobre todo… o no, ni lo uno ni lo otro, qué más da. Ten cuidado conmigo, inglés, que yo mazo colgao ¿Sabes, neng? Y mis colegas: Masa, tío, tú bien con los porrillos y tu whisky, pero ya no más, no hagas caso a los ingleses, tío. Y no tomé las sustancias esas. Me convencieron. Eso sí, el inglés que más insistía me llevó aparte porque dijo que, en lo que él varaba por el espacio interior, quería que le contase mi vida, llena de chistes y ocurrencias. Y sí, estuve con el inglés un rato en lo que él se acomodaba ahí como en éxtasis y entonces yo me dije ¿Qué hago aquí? Porque el inglés ni siquiera estaba buena. Menudo hijoputa. Así que me fui. Muy bien, inglés hijoputa, a mí esto me cansa mazo ¿Sabes? Es más largo, pero yo creo que se entiende ya la historia.

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¿Si un tipo que viste una camiseta a rayas negras con las mangas largas de color azul turquesa, tirando a bajito y con la nariz chata y el pelo así para un lado, que un día se leyó hasta la página veinte una especie de tratado con ilustraciones sobre el que recuerda, demasiado ligeramente, que los personajes de las ilustraciones eran medio monos-medio ratones y con los ojos saltones, que ayer fregó un vaso mal, se encuentra como afiebrado… tras haber dejado atrás la posibilidad de una ducha templada, ponerse una peli, mirar todas las publicaciones de las redes sociales o estar o no seguro de si hay fútbol hoy en la tele, por cuál de las opciones de las cuales dispone en la botica debería optar para animarse al menos corporalmente: Aspirina, Dolocatil, Ibuprofeno o Paracetamol?

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En teoría, salvo que en casa otra persona diga lo contrario, esta es mi puerta, la de mi armario, la que hoy contiene una ropa que, sobre la teoría, puedo ponerme porque más o menos me pertenece. Pantalones para flaco, gordo y de hace veinte años, ropa invernal y veraniega (lo de lana, me dicen, no se toca porque hay que lavarla a mano). Hay un pijama y ropa que usaría para viajar al norte. Y hay mucho que no me vale, pero que dicen que si no se tira y de ser así: que será para el chico la Paca, que sólo lo reconozco cuando, caso de coincidir, le veo con ropa que usaba yo. Casi siempre en pijama la vida es estupenda, y también (según me han dicho) hay un chandal, pero aún no he dado con él. Hay una chaqueta para cuando tenga que ir a una boda o una comunión que no sé si me vale. Hay cosas así. La mayoría de las cosas las trae mi tía Pepa porque, dice, se acuerda de mí, aunque nunca sé a qué edad, qué edad tengo en su mente cuando la compra. El otro día acerté con ella para pantalones que me cupiesen y las palabras mágicas fueron: gordo, pero no holgado, clásico, tirando a ajustado. Ya tengo mucho de pana y también vaquero que no me entra, aunque estoy adelgazando y algo más. Ah, sobrio, no colorines. Bien, de líneas o cuadros, no estoy seguro. Ahora toca separar para el chico la Paca, pero “lo que te valga, es para ti”. Un coñazo insufrible, al menos para mí.

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Seis autores hemos recibido el encargo de llevar a fin, entre no pocas lecturas, la oportunidad de convertir el título “La maravillosa vida, con sus baches, de Stephen Hawking” en una biografía estable donde el autor, a través de una máquina, nos hable de sí mismo. Y aquí viene la pelea por ocuparse de quién narra, a través de las metalizadas palabras del maestro, las veces en que se le aturullaban las ruedinas al subir o bajar cuestas o escalones.

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A veces, en los momentos en que estoy mirando la pantalla del ordenador, concibo claramente que se acerca un notas por la espalda, me dice que si recuerdo a… suelta un nombre de pila y procede a meterme una bolsa de plástico en la cabeza. Yo pienso en ese nombre de pila en lo que lucho por no ahogarme. No es fácil o, si lo es, lo sabré si en alguna ocasión me sucede de veras. El notas no afloja y yo, mientras me ahogo, caigo en a quién debe referirse, pero uno está para morirse, claro, imagino, en ese momento. En mis imaginaciones si la persona asesina que me está jodiendo estuviera por razonar le explicaría tranquilamente, incluso con una Coca-Cola, que ese quien dice me ha confundido con el chico la Paca. No, pues no se refería al que tiene un apellido que empieza por R. Ah, perdón, le digo, supongo. Pues en mi vida no hay más José Ramones. Bah, no sé, mejor que no venga un notas asesino, espero, a donde estoy con el ordenador.

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Una vez tuve un profesor que me fascinaba, pero no sabía por qué hasta hoy. Me creía que era por una causa por la que no sólo me llamaba la atención a mí sino a un público considerable no sólo representado por mujeres y chicas. Preparaba de año a año sus temas y los discutía consigo mismo (con su sombra, como quien dice), eso es lo de menos. También los alumnos le hacíamos preguntas a veces. Por qué me fascinaba no era porque aparentemente no se repitiese, es más, puede que lo hiciera o, casi seguramente, lo haría. Pero había una cosa en sus charlas en las que siempre estaba de acuerdo: (Aun empleando la duda como sistema) No se boicoteaba a sí mismo. Y tampoco dejaba que fuéramos los demás (el resto del aula) quienes le boicoteasen. A esa conclusión he llegado hoy. Lo demás me es irrelevante, aunque me sepa la temática de cada año, los mapas que empleaba cada año, al menos mientras yo asistía a sus clases, que no era exclusivamente cuando estaba matriculado.

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Marquicho, mi ahijado, cumple mañana 5 años y dice que qué guay, mañana un día de descanso y sin cole. Y le hemos dicho que de eso nada, que primero cole y luego ya le damos los regalos y hasta comemos tarta, que ya hemos llegado al pacto de que la va a decidir él. Bueno, por mí, me mojo, tampoco veo muy necesario que tenga que ir al cole. Padrino ¿Tú cuánto hace que no vas al cole? Me pregunta. Y le digo la verdad: hace ya miles de años, Marco. Le digo que al principio el cole era un sitio pequeñito y que luego era cada vez más grande y con menos juegos y que los responsables tomaban todos drogas. Que era un rollo, aunque el patio a veces molaba. Él está de acuerdo en lo del patio. Le digo que en el cole lo que hacen en realidad los profesores es succionarte el cráneo. Él me pregunta qué es “succionarte”. No sé, Marco, comerte la cabeza. Es cuando ambos llegamos a la conclusión de que el cráneo está en la cabeza, pero por dentro. Por dentro y por fuera, le explico. Es demasiado complicado ¿Verdad? ¿Y sabes quién tiene la culpa, cariño? El colegio. Y los profesores. Esos. Es mejor no acercarse mucho porque… ¿Por qué? No sé, Marco, pero mañana vas al cole eh, yo no he dicho nada, y juegas o lo que hagáis y aprendes las sumas, las restas y a leer y eso. Bueno… yo ya le he comprado mi regalo (me lo pidió en julio, aunque ahora dice que eso ya no le gusta -¡¡el barco pirata de los clis de playmóbil!!-). Joé, aclárate, macho. Y ve al cole, aunque ¿Qué? Que no les hagas ni caso, a nadie. Y a mí tampoco. Un besito, hijo. Venga, que mañana comemos la tarta y eso, pero después del cole. Esto es: cuando yo llegue del psicoanalista.

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Recuerdo muchas cosas maravillosas y tontas que nos pasaban a menudo: Nuestras reacciones (casi siempre chocantes, como de niños) al reconocer a un famoso por la calle… El camino hacia el metro discutiendo qué era aquello que dijo en no sé en qué entrevista o si al final se separó de alguien y tiraba con tres niños… gilipolleces, sí, pero de lo mejor antes que darse un homenaje de bases de litio y unas cuantas benzodiacepinas para que esa noria pare. Para que los caballitos descansen. Buenas noches. Es viernes y unos cuantos hoy, lo mismo, os habéis ido al bar. Qué poca sensibilidad.

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Despertar. Recordar muy vagamente algunos retazos de algo que has estado soñando. Coger una Coca-Cola. Encender el ordenador y encontrarse con una foto actual de los hijos de Lady Di. Pensar luego: ¿qué he hecho mal?

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Mi madre a veces sube a mi cuarto (sobre esto y lo sucesivo no hay queja, me encanta recibir visitas día sí y día no) con un libro de esos que he colaborado escribiendo casi íntegramente yo y en los que pone mi nombre junto al título. Luego me dice que he de dedicarlo a algún amigo suyo o familiar. A veces son amigos míos también y familiares. Me explica quién es e intento recordar. No siempre es fácil (casi siempre no lo es). Por mi vida no habrán pasado más amigos de una madre que por la de cualquier otra persona. A veces ha pasado mucho tiempo, y no sólo eso, las referencias de mi madre son hacia su generación, mientras a mí y a cualquiera le resultaría más sencillo si se refiriera a la propia. Habla de los padres, pero de los padres de los padres, personas que dejaron este mundo hace ya tiempo y que yo, no siempre, reconocí de niño o, al menos, ella suele asegurarlo. A veces me suenan los nombres, los he oído alguna vez: Tío Paco, tía Margarita etc… la mayoría son leyendas, algunas llenas de anécdotas, en su imaginario. Hay entidad en su manera de hablar de ellos en el sentido de que te conducen a algo parecido a un perfil de esa persona y el pueblo en los años de los que habla. A veces añade: Tú a su hijo le conoces. O a su nieto. Ahí es donde yo estoy deseando llegar, pero no se equivoca sólo ella. Hoy es aproximadamente 2018 y, en algunos de los casos, existen ya los nietos (y algunos están en edad de merecer) de los hijos a los que se refiere cuando nombra a alguien que, cuando yo iba a su casa, a la edad de 4 años, me daba caramelos de café con leche. No es fácil, aunque ojalá toda la vida fueran esos momentos de jugar al quién es quién y, a veces, dar con la imagen física de aquella señora que murió en los años ochenta, justo después del abuelo. Yo soy vago y esto no es nada nuevo, pero intento esforzarme en esos ejercicios porque la recompensa, como mínimo, es un rato agradable. Luego escribo algo en la primera página, a ser posible, un recuerdo e, indiferentemente, abrazos (al abrazos recurro mucho), con afecto es mucho más detestable, aunque también necesario, hay muchas opciones. Pues el libro de hoy es de una persona que conozco bien y compartido hace unos pocos años algunas buenas anécdotas y, caray, a veces es igual de difícil. Que espero que le guste es muy manido, pero… mi primera regla es: no resultar ácido nunca, antes pecar de simplón o, incluso, rancio (pero esas cosas el dueño es a quien le llega y… en general bien).

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Una vez hice un post muy gracioso en el que escribí: “Parad ya. Me duele el cerebro”. Sin duda era un buen chiste. Qué lastima que Eugenio ya no estuviera entre nosotros. Me hubiera gustado oírle declamándolo en un programa de los viernes o los sábados por la noche. A menudo, cuando recuerdo a Eugenio, el humorista, me digo: Ojalá le hubiera conocido para proponerle que, entre chiste y chiste de esos que se decían los amigos en un bar, hiciese una pausa para luego soltar: “Parad ya. Me duele el cerebro”. Porque he pensado en Pedro Reyes, que me encantaba y a quien tampoco conocí personalmente, pero ese chiste era muy de él y hubiera sido asociado a un lapsus. La vida hoy, y los cerebros tampoco, no tienen ni pizca de gracia. Ojalá pararan un poco ambos, la vida y los cerebros. Es un chiste muy malo el de “Parad ya. Me duele el cerebro”, lo digo ahora que caigo. No es bueno ni en boca de Eugenio en un parón. No, ni Eugenio, ni en Gila, ni en Tip, quizá un poco en Coll. El chiste ya nombrado hasta la saciedad no funciona. Ni en Joaquín el del Betis ni en Samuel Beckett (en Lola Flores un poco). Sí, es cierto, ya no lo digo más. A continuación va a ser la última vez que diga algo parecido a “Parad ya. Me duele el cerebro”.

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Eso de la filosofía molaba… para ligar con la profesora. (Un día me pilló leyendo a Husserl a escondidas en el baño).

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Vosotros cuando veis a los personajes de las pinturas de Hopper ¿No os dan ganas de preguntarles si quieren un montadito de lomo y algo para beber?

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Siempre en 5º, siempre beodo, siempre irresistible, pero… Yo una vez tuve un colega en la facultad que era majo pero que tenía la barba más tonta que he conocido. Andaba bien de pelo de la cabeza, pero los que tenía en la barba yo creo que son imperdonables e, incluso, que de nada me sirve a estas alturas tener un recuerdo de él como un tío majo que, encima, hacía buenos dibujos cutres algo subversivos sobre la caca (que a mí me hacían bastante gracia y a más gente) si tenía esos pelos por la barba. Además debo decir que yo no tuve nunca el valor de decirle lo mucho que yo pensaba en su barba y lo mucho que me nublaba verle a él y a las cosas que hacía como se merecían por culpa de la atención constante que me procuraba su barba, que era, he dicho al inicio, tonta (en una exageración a veces típica y, puede ser, cansina recurrente en mis estados de facebook). Yo no sé si me lees o nos hemos tenido en facebook alguna vez, amigo, pero ojalá contactar contigo para poder decirte que, por mucho que, tanto tú como persona como tus trabajos entre naif, agresivos y (la siguiente palabra en plural es un poco ambigua) originales, sois mejores que la barba que tenías, pero yo, debido a una deficiencia mía a la hora de manejar mi atención hacia lo conveniente, no las valoré, al menos en nuestra relación amistosa, como era debido, por culpa de tu barba. Yo no sé si sigues en el mundo y no consigo recordar tu nombre de pila, Sergio casi seguramente, pero con dudas (por no hablar de tus apellidos). No me lo tomes a mal, también me pasa con la chica de esa época más maja, inteligente y bella que conocí en mi vida (de Andalucía casi fijo) y no pasa nada, me fastidio y ya está, pero tenía que decirlo alguna vez y este programa se presta a estas historias de mierda en el momento en que uno piensa en la barba propia (también horrorosa -aunque menos que la tuya-) y se dice que ya toca pasar la maquinilla. Voy a dejar esto para ponerme no antes sin decir una cosa más, a ti y a quien quiera leer esto: Nunca he estado muy seguro de si he tenido barba o no cuando la he tenido y, también, cuando no la he tenido y ¿Cuál es la mejor conclusión que me viene a la cabeza en este momento? Pues no es brillante. Pienso: Qué hijoputa aquel. Lo mismo él a estas horas SÍ se ha afeitado.

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Mis padres emprenden pasado mañana un viaje al pueblo de donde procedo (del cual calculo tres años sin visitar más aproximadamente tres meses). Irán a intercambiar loterías y, de paso, comprar bollos y garbanzos. Esto ha percutido en mi manera de pasar las horas. He dedicado más de quince libros de cara a esa distribución (se lleva un 60% del cometido económico) que hacen mis padres que, de paso, comerán unos huevos de puntilla, probablemente, en la Venta Pinillos, además de buen lomo, chorizo, ensalada y café de puchero. Mientras dedicaba, con paciencia, la primera página he puesto cara en mis recuerdos compartidos con las familias aludidas (no se ha dado el caso de “uno para mi hermano y otro para mi madre” aún). Mientras me venían a la mente diferentes alusiones cuyo contorno principal es el buenrollismo, he jugado a escribir y después borrar estados que hacen referencia a mi duelo amoroso llenando su contenido de chismes inventados, algo irracionales, en cuyo motivo me encuentro riendo forzadamente. No es fácil, aunque muchas veces lo parece. En cuanto a estos ejercicios no me son inconvenientes tras advertir que una fuerte dosis de benzodiacepinas no me llevan a la cama (y a mi máquina respiratoria) de cara a levantarme mañana “nuevo”. Se quema uno en esos juegos donde se redime al barrer huellas pero, de alguna manera, siguen ahí, sujetos a logaritmos varios que en mi cabeza responden a un solo nombre. El de Ella.

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