Facebookianos finales de agosto de 2017

Regalos que me llegan de una alemana (estudiante de filología hispánica) que asegura residir en la mansión Play Boy (eso sí, me dice que aún en espera de portada). Hacen ilusión estas cosas, aunque no sea tu obra más esforzada y ella no adjunte fotografía de sus cualidades humanísticas (cosa que deja para otra cosa que, lo admito, despierta al animal que mora en este lunes -vagamente al tiempo que muy verdaderamente-). Admitir como detalle meritorio (de etiqueta) el hecho de que estén limpias.

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Mi ANO sigue su camino hacia el fervor gracias al tratamiento que uso para la micosis producida hará unos cinco meses. Advertir que no cesa y, no sin sonrojo, continuas idas y venidas al bidé en busca de serenar las dolencias resueltas en picor los días en que uno avanza la lectura de Iain Sinclair (muy recomendable el par de libros que sacó Alpha Decay del inglés). A veces da cierto reparo observar cómo, en esos viajes al bidé, los usos de limpieza adquieren color marrón, si bien uno hace lo que puede para encontrarlo en los calzones, es cierto que la cremita de la que uno provee las dolencias baja la infección, pero uno se veía ya curado a estas alturas y… nada. Cuesta ir al baño por la idea con la que sale, esos malditos picores, si bien es pertinente el placer de rascarse en el bidé, un invento la mar de curioso. En definitiva, que mi ANO no se cura y que, sin optar a remedios estrafalarios, pronto habré de volver al proctólogo y decirle: Tronco, lo que bien empieza, dicen, bien acaba ¡Pues no es el caso de mi jodido ANO!

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Hay cosas más bonitas que el poliamor. Como por ejemplo: Los sauces moviéndose a la par que el viento.

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Si hay un género que me es mayor y a veces considero poco valorado es el del cuento. Viene a relación esto de lo muy a gusto que me he quedado tras permitirme redescubrir (hacía mucho tiempo que no regresaba a él) al absoluto renovador, único en cuanto a la reinserción de una fórmula que poco se ha visto tras él (procurar beber de lo suyo de cara a hacer algo se queda a la altura de una aventura que deviene en intentona) generada a través de imágenes que vienen y van como dunas en un desierto y conectan las claves de cada uno de sus enormes viajes a través del sondeo. Y alguno todavía pensará que estoy hablando, qué sé yo, de Carver, o del irregular (por mucho que le queramos mucho en este pueblo y cuadre como maestro) -admirador suyo, aunque no siguiera sus pasos en cuanto a uso de la técnica, lo que quizá le honre- Cortázar. Pues voilá, sí, es un placer ver cómo Felisberto Hernández nunca envejece, caray, nunca. No sé si existen los genios en esto, pero ese malogrado que tocaba el piano en fiestas de señoras dio con algo que siempre es definitivamente nuevo y sorprendente. Magia pura, hostia, de la buena.

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La peña no lo pilla a veces:
– ¿¿Y tú a qué te dedicas??
– Yo escribo cuentos.
– Ah, ¿Como Vicky el vikingo o eso?
– No necesariamente. Para adultos.
– Ahhh qué cabrón. Para matarse a pajotes ¿eh gamberro?
– Uff soy un incomprendido.
– Pues esos se hacen famosos cuando se mueren.
– CALLAOS YA, VOCES INTERIORES

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Me confieso seguidor de Auster durante la adolescencia. La lectura (en su mayoría se dio en metros y autobuses) de La trilogía de Nueva York me llevó, casi con ansiedad, a descubrir otras obras del autor y devorarlas. Las que más recuerdo (con alegría) son, aparte la trilogía, El palacio de la luna, La música del azar, Mr. Vértigo, así como el hecho de que otras como El país de las últimas cosas, Leviatán, Tombuctú (que, no obstante, cuenta con un trayecto impresionante -e impresionable- en la primera parte de la narración) o La noche del oráculo me decepcionaran, he de decir que levemente, porque me tragué el bluff El libro de las ilusiones, “experiencia” que me llevó a renegar de un Auster que no fuera el muy experimentado narrador del breve “Cuento de navidad de Auggie Wrenn”, en el que exhibe una maestría que, en parte, se dejaba traslucir en sus mejores méritos, de lo que sin duda yo pensaba no sabría llevar a cabo jamás por mucho recorrido letrístico que obtuviese. Parece que el viejo roquero, unas veces más vendido que otras, vuelve por todo lo alto con una novela que la crítica (que venía estando, desde hace mucho, aburrida del neoyorquino) ensalza como una obra de un Auster que “escapa de lo de siempre” (esto es: de ese sello inmediatamente asociable a sus modos). Pues bien, sólo puedo decir que aplaudo al heptagenario y que consideraré la opción de compra en cuanto me ordene con… sí, son muchas las lecturas a las que me debo y no debemos olvidar de que hay representantes de la gran novela americana enormes y por un tubo. Deseoso de que el hombre que colaboró a mi interés por la lectura, generoso autor de best sellers olvidables, conceda un sueño a una vida que definitivamente me es dedicada a eso, aparte su mujer, escritora ella (dicen que buena), que está (quien tuvo, retuvo) como un tren.

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Desde que los buenos días del vecino han pasado a ser “Te veo más gordo” la relación ha comenzado a verse flaqueada.

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La casa era destartalada. Cada uno llevaba su viaje a su manera. Yo me limité a atisbar su recuerdo borroso tras la lumbre. Sus rasgos me eran insinuados más o menos vivamente. Usaba ropa de calle, alguna con la que suelo asociarla. Estaba bellísima mirando la lumbre. No puedo saber qué veía en ella. En mí esa lumbre era transparentada para ver el oficio de su cara, descubrir nuevos rictos (me interesaban los que tenían que ver con el fin de ellos). La mire. No me miraba. Todo parecía en calma hasta que el mapuche que habíamos contratado salió corriendo de unas zarzas diciendo que el pacto con los dioses que habíamos hecho requería el sacrificio de alguno de nosotros.

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Una noche, ya venían a ser las nueve de la mañana, esto es, la anterior celebración -boda de un primo algo memo en la que, a falta de modales, corrió el alcohol- se había convertido en una fiesta en un pueblo cercano. En una de mis separaciones (eran constantes) del grupo, me vi intentando sostener la pilila con el fin de mear contando con ambas manos ocupadas (una por un porro y otra por un cubata). No pude evitar que pasaran cuatro listos escoltando a una especie de princesa (ya mayor de edad). Fue ella la que dijo que el espectáculo que yo estaba dando era una representación del mundo al que nos acercábamos inminentemente. Uno de los chicos (portador de una camiseta en la que se leía la palabra Anarkía) me dijo que tenía la polla más pequeña que había visto en su vida, lo cuál creó risotadas y otras delicias en su grupo. Una vez acabado el chorro me subí la bragueta y me dediqué a mirarlos. Mi mirada era de ¿Por qué? a sus ojos. Para mi sorpresa parecían achantarse. Fue la princesita, que se seguía riendo de mi pilila, la que me preguntó qué miraba. Respondí que un paisaje. ¿Y te gusta? Naturalmente, si mi grupo se hubiera encontrado allí la cuestión se habría aclarado hace rato. Sin embargo dije que no y me fui. Los insultos de ese grupo de chavalines histéricos y su socióloga en edad de merecer hacían más fuertes mis pasos.

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Me veo en un hervidero de colillas al desmoronarse mi inocente treta de llamar putones y sinvergüenzas a mis ex cuando, hoy en día, debería adaptarme, viablemente, a dejarlas como “buenas muchachas dadas al fenómeno del poliamor”. Definitivamente soy poco moderna.

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Darse el caso, no siempre glorioso, de enrollarse en un bar con una tía. ¿Vamos a mi casa? Mejor a los baños, tío, que vendo cocaína.

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¿Qué virtud, aparte del trato (que donde acudo yo es ejemplar) y la sedación, puede tener el hecho de regresar del dentista? Los cigarros en mi boca son manos limpias de mujeres hermosas y mi pensamiento apenas se resigna a la no existencia. Uno se encuentra flotando y en casa y, mejor aún, ya se hizo de noche.

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Mi odio, efímero, conecta con la rabia, que cede a la razón, porque regreso al odio de dolerme o provocar odio. Pero en mí, en este momento, la razón me convierte en un hincha de los kortatu aparentemente feliz sudando con un calimotxo de mierda en la mano junto con otra gente que da saltos sin entender, a la par que yo, nada de nada. Mi aspiración es emular la coherencia del perro (mimado en su infancia y defenestrado después) de Trasgu, el perrito de mi tía. Saberme mimado de pura compasión. Él no optó nunca por la valentía porque era tan débil como la osamenta en la que me veo, pero mi nervio reacciona y uno, en esos casos, sólo sabe de verse un uso. Como es natural, tras el lavado de manos de algún inconsciente será lanzado a cierta basura donde procurar el hedor heredado de aquel horrible concierto donde no se enteró ni de mucho ni de nada. Y esa es la pulcra historia de mi vida. Sumemos cinco amores, uno de ellos a la altura de la importancia que ofrece el dudoso cariño de Trasgu, el perrito de mi tía. Lo demás, aparte silencio, es ir a la cocina a ver si cae un hueso con algo de rebañar. Del calimotxo paso. Ni me gusta ese brebaje ni los vasos esos de plástico donde más de una vez, a medio llenar, uno echa, por conmiseración hacia el ruido, una meada. Dichoso sea el señor que se la bebe, que es el mismo que lanzó a la basura el papel de mierda con el que se lavó las manos tras hacer sus necesidades, cosa de acordarse.

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Revolucionar el mundo (Marx), transformar la vida (Rimbaud). ¿Cómo aspirar a cualquiera de esas dos boutades si ni siquiera tengo fuerzas para pelármela?

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No deja de ser curioso dar con una especie de amante en una noche, rodeada de su gente, y daros al saludo. Y no deja de ser más o menos clamoroso que te presente a sus amigas como: Este es Alberto, menudo tarao, un polvazo que me lo eché cuando lo conocí. Dan ganas de decir: Tranqui, tía ¿No?

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Yo no he sido muy follador nunca. En los buenos tiempos sólo lo justo y necesario. Pero recuerdo un polvo tras consumir heroína (esnifada, ya que no me veo capaz de clavarme una aguja y la gente se hacía la loca). Lo mejor es que la chavala no existía y ni puta falta que hacía.

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Si fuerais sensatos (esto es: si fuerais yo) ¿os suicidarías de una puta vez?

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Hoy hace 10 años que murió el prosista Paco Umbral (llamarle poeta, aunque justo, en estos tiempos, desmerecería -y mucho-
su genio). Sólo he leído tres, llamémoslas columnas, en los periódicos que han venido a mí digitalmente. Una de hace dos semanas de Alberto Olmos, en las que quiere atribuir, no sin egoísmo, la ensalada que fue Umbral a muchos que bebimos de él y, ay, no son él, llena de ocurrencias traídas por los pelos. Genialoide él, pues es a lo que denota aspirar desde que salió sin conseguirlo, -a veces acierta, pero flojo esta vez, dejando a las claras que los estudios cuando empezó a llamémoslo triunfar con el último best seller de Lengua de Trapo (¿Se nota la ironía best seller de Lengua de Trapo si obviamos el libro del cruasán -aquella que tuvo una peli olvidada que la superaba con creces?-) de los que quiso dejar constancia como muchacho estudioso del castellano no eran nada porque, claro, ahora sabe mucho más-, otra de Aramburu, divulgativa, que parece que tuviera que ver sólo con el Umbral mediático que ya nos fue dado a conocer -sin aún leerlo- a todos los españoles en la puta caja tonta, y hoy una de Diego Medrano, mucho más informado, aunque, en mi manera de ver, aun de referencias agradecidas, en cuanto a éstas se le ha ido un poco la olla -quizá aposta, lo cual le sería honorable, al menos para mí-. Uno que se sigue quedando sin opción para hablar de un escritor que admira y que un día se cruzó a la altura de la calle Hortaleza (bufanda blanca) y no le saludó por tirria, y también por algo de envidia (más a la manera que tenía su época de “verse en escritor” que a él), sigue sin tener hueco para hablar de lo que importa de esa figura, joder, que no es el articulismo, que también, antes que su obra -entera-.

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Respecto a una promesa ambigua hecha a mi querida Paz Martínez, cuyo amor por ella y la trinidad que supone sólo me es comparable con el respeto del que me son merecedoras, no haré la columna de la década sin Umbral (135 obras sin apenas masticar, amore) porque no creo en seguir haciendo en mi web, hipoteca virtual con la que contribuyo para desmerecimiento de mi provisión de tabaco, porque mis exhibiciones son vacuas. Que venga antes El País a pedirme perdón por la memez divulgativa de la nada que ha publicado a ese propósito el Sr. Fernando Aramburu y me ponga un cartón de tabaco sobre la mesa. Lo que queda de la obra de Umbral de mi estantería queda para mi recuerdo (ni siquiera para los aspirantes a lobbies que son esos pobretones idealistas de rastro antiguo, amados libreros de viejo). Besotes, a la trinidad. Y otro a la peque.

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Alguna señora decente en el privi para follar? (nótese lo de decente, por favor, aparte limpia).

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Voy a beber hasta recordarlo todo.

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Tengo una duda sobre mis maneras que no sé si la gente que sólo me conoce a través de este medio se hará idea para poder darse a un consejo. La cosa es una mera cuestión de actitud y estética (no la que estudié, sino la dada en la peluquería del barrio, donde Paco habla del último fichaje del Geta mientras Lola le dice a una que la de telecinco tiene un rollo con el chaval ese que sale en una serie). Uno es serio, e incluso clásico, pero se topa con personas que, en realidad, esperan eso de él, y van y encuentran un fauno, por llamarlo de una manera la mar de simpática (otros dirían payaso o, incluso, campechano sin eludir alusiones borbónicas en las que no me veo). El problema es que afecta a mi vida laboral y a mi economía y, como decía un escritor estadounidense flojo, pero muy torete, que vivió en varios continentes, el búnker hay que mantenerlo. ¿Empiezo a ir de serio? ¿Me doy un toque dandista? (sé manejar conceptos exclusivamente británicos mezclados con colonia de la lírica francesa del XIX). ¿Qué hago para ser un ser que no parezca cualquier cosa menos la persona que realmente vive y, mientras, piensa lo que vive (a veces lo refleja, no siempre) y que, no obstante, soy? ¿Qué hago para ser, ay, un mileurista proclive a mantener a una criatura, de tenerla? (la chica sería… bueno, ellas saben quiénes y cómo son).

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Si bien facebook pregunta en grisáceo su épico qué estás pensando, yo diré cómo me siento: muy gay. En el sentido de ñoño. O, más que eso, muy profa de literatura solterona. Hoy mi día es cafetito, pastitas y conversación sobre lo que hay entre el del quinto y la del segundo. Si alguien se anima a hacerme unos rulos no diría que no.

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Tengo el corazón (y todos sus atributos resumibles en, pongamos, bomba del cuerpo) dividido en dos Lauras que aún no he conocido en persona. Una me ha alegrado la mañana con su llamada. Casi lloro (llamadme ñoño, porque si os pasase a vosotros, con lo de puro machos que sois… que también os pasaría, digo) de la comunicación tan fluida que tenemos. La otra me ha sorprendido con una interpretación al piano. Son dulces, honestas y hermosas. Y yo un papagayo, lo que no impone que no me arrogue el derecho de amarlas, aunque sea a distancia y sin dármelas de esperar a cambio más que lo mucho que ellas me dan casi sin saberlo. Vamos, que da gusto levantarse así. Lunes guay, y encima llueve mucho, como a mí me gusta.

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A veces, está clarísimo, los españoles somos muy cafres en muchos sentidos y, como en todos los lados, habrá de todo. Pero me vienen a la cabeza dos casos, ambas chicas: Una inglesa que suelta una ingeniosidad en la que me cago y va y, al terminarla, me dice en su idioma (lo entendí porque no era muy difícil) que es que ella era británica. A punto estuve de pegarles a ella y a su novio y decirles que me he reído en mi vida cien mil veces más que ellos y que les puedo asegurar que mis chorraditas las dejo para facebook. Amos, no me jodas. La otra tampoco se lució precisamente, era en una boda: pues eres guapa, le dije (que no lo era, pero es que yo digo estas cosas hasta a los abuelos) y va y me dice: claro, soy griega. La tenía que haber mandado a traerme un yogurt. De verdad, no puedo con esas cosas.

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La verdad es que hay veces en las que me quejo, no es por quejas más que porque soy un auténtico gruñón -sí, de esos simpáticos-. Admito que tengo muy mala hostia, pero que un abrazo bien dado (no confundirse con uno de los otros) me puede. Vamos, que, en el fondo, por mucha diatriba (se sabe también de irreverencias) que suelte, me siento querido, y bastante.

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Odio, esto es con ganas, a las nuevas mamaítas que se juntan en el parque de al lado de mi casa exhibiendo a sus bebés, señal inequívoca de que han pecado, de que se han dado al fornicio con alegría. Si es que no tienen vergüenza. Yo cuando paso por allí me tapo la cara.

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Con lo bien que nos caía Españoles por el mundo y lo poco que nos duró la alegría por ver ese programa. Ya por entonces salía más de un freak (alguno de ellos inolvidable), pero el hecho de que su necesidad de audiencia les haya llevado a grabar al chico La Tomasa bebiendo leche de burra y soltando esas perlas habla de una involución seria de la sociedad del espectáculo. Eso sí, les ha salido gratis el programa de su vida.

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Ayer me era una noche triste. Como que andaba decaído yo (hablo de hará 33 horas) y se me ocurrió llamar a mi compinche de barra AÁS, que andaba el tío de juerga, nada, te dejo con tus birras tronco, cómo no. Yo estaba hecho polvo y sólo le dije que le llamaría otro día sólo para hablar de lo que solemos, que es de libros (y mi interés, dejado para mediados de septiembre de un prólogo suyo sobre algo que tengo a un tiempo trabajado y en ciernes, comprometido en todo caso -sin firma eh, que uno no es Neymar-). Sólo le dije: Viendo lo que vemos a diario y también en las redes sociales, tronco ¿Qué sentido tiene el empeño que le ponemos a esto (en referencia a nuestros trabajos de lites)? Sé que me va a decir que vuelva a la revista y que no pare, que llame a la otra (revista), que haga nuevos currículums y cosas de esas, que si periódico por aquí o por allá y algún que otro trabajo editorial (correcciones ortotipográficas o de estilo, versiones al castellano), que esto, a fin de cuentas, es andar “como puta por rastrojo”. Y a eso que se refiere es a lo que nos dedicamos muchos, porque el resto es vanidad (que no es que no la haya), como quien dijera “delirios de posteridad” a costa de aprovechar toda ventana abierta a mostrar lo propio. Nada, tío, tú a tus cervezas, pero mis derechos de la última me los fundí en cuatro visitas al estanco y nuestro amigo sigue sin atender a distribución alguna (la publicidad, si se puede llamar así, me sale a una cuenta mayor y la hago yo, sin necesariamente venir aquí a hablar de mi libro, cosa que a veces he hecho, porque esos putos personajes siguen cavando mi cráneo en busca de lugar de confort y paso de ir al psiquiatra). Sé que a mi tocayo le seguirá yendo mejor que a mí, y tampoco es que este mundito de nenones cultos le haga a él justicia, a mi juicio, pero somos polos opuestos en cuanto a actitudes vitales se refiere y si bien uno brilla con alguna que otra chorrada que, por arte de vara, resulta ejemplar, el otro se dedica más a la constancia y a currárselo de verdad. Nada más oírte el saludo sabía que llevabas ya desde la tarde y yo, mientras, bobo como yo sólo, diciéndome: ¿Cómo sacar una perra? ¿Una que…? Porque una juerga es algo caro. Sólo una, y a veces el juntarse las propicia, si no ¿La vida va a ser sólo un hombre preguntándole cosas a una calavera, esto es: cuando no pasa por trabajos como Reponedor de supermercado (es un ejemplo barato)? Pues sí, tío, dime cómo se hace o vamos haciendo porque a este paso… aunque, ya sabes, mejor con una marca blanca y en casita ¿No?

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El asunto de la preocupación de instalar unos bolardos ya residía en el Canto XIII de La Odisea de Homero:

“Y dijo Zeus el que Reúne las Nubes: Amigo, mío, creo que lo mejor será que aproveches el momento en que todas las miradas de la ciudad estén clavadas en la embarcación que se acerca para poner una roca frente a la orilla, y darle a esa roca aspecto de nave, a fin de que todo el mundo se llene de asombro. Luego, rodea su ciudad de un cerco de altas montañas”.

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Todavía no me habían subido los efectos de la burundanga cuando Kim Bassinger me aseguró que la había usado para abusar de mí sexualmente.

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Es una madrugada idónea para pararse a mirar la vida de uno y preguntarse ¿qué pasó? (ahora, sí, que la mayoría estaréis roncando como auténticos carcamales). El caso es que, sin duda, ha habido buenos momentos: Grandes juergas, charlas amenas, sexo (es verdad que también del malo), celebraciones que duraban días, lecturas, videojuegos… no sé, creo que me voy a mojar: Nunca lo he pasado tan bien como jugando al fútbol. Qué grande era lo que proporcionaba eso, joé. Cuánto tiempo hará sin tocar un balón. No quiero imaginar el ridículo que haría hoy (con lo que uno fue, al menos en el barrio -aunque en el pueblo un poco también-).

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Hoy he conocido en persona a Edisa. Es una chica de diez años con motivaciones propias de su edad y muchas otras que van más allá. Van a ser las cinco de la madrugada y me siento muy tranquilo tecleando a sabiendas del tesoro de la nueva amiga que, desde sus cosas, me ha traído muchos pensamientos, a través suyo y, por otro lado, el acierto de verme en su edad en una sociedad que ha cambiado mucho, que se ha visto revolucionada por la velocidad. Sin embargo, su serenidad (aparte un nerviosismo propio del duende de ella, que es el de alguien para quien cada nuevo segundo supone una sorpresa) me ha inspirado serenidad a mí. Me es un placer escribir sobre esta nueva amiga desde la tranquilidad (parece que insisto en esta palabra, ¿verdad? Es aposta) que he podido observar. Me ha traído tiempos en que yo trabajaba ayudando a niños y, sin querer, me he dado cuenta de que son más lejanos incluso del tiempo que ha pasado desde su nacimiento. Creo que no he cambiado mucho, si bien he cedido al mal (intereses propios de una vida que ha de salir hacia adelante y penden de la economía) y si bien, en mis trabajos como encargado de comedor en una granja escuela lograba conseguir cierta distracción en niños que entonces tenían la edad de Edisa y que hoy ya, echando cuentas, probablemente hayan avanzado hacia la edad que tenía yo cuando les servía, se sentían en buena compañía con una especie de encargado loco que les hacía bromas, hoy, sin dejar de reírnos, he aprendido, gracias a este amor de chica (vaya si lo es, aparte una talentosa de sus actividades extraescolares -se sabe que son más importantes que las otras-), a dejarme enseñar por ella, a aprender en lo que me intento explicar ante estas personas tan jóvenes en las que no veo un ápice de lo que mostramos al mundo los adultos, una especie de odio que pareciera natural sin serlo hacia todo lo que se mueve, una hostilidad inusitada hacia lo desconocido (hablo en general y también de mí en determinadas situaciones). Si bien por ahí van los tiros de la paz que me ha traído conocerla, verme en ella a través de puntos de vista surgidos de ambos, y de su mamá, Pilar, que también ha intervenido lo suyo, que nunca es poco por mucho que sea más de tener los nervios más recogidos que Edisa y yo. Por lo demás, mami nos ha hecho una pizza Dr. Oetker y hemos encontrado helado en la nevera. Una tarde que se ha hecho corta y que dura todavía, por mucho que hará una hora aproximadamente que ellas ya están en su casa. Muchas gracias por este día, chicas. Y ahora es cuando me pregunto: ¿He llegado a alguna conclusión con este escrito? Pues no sé, la verdad, pero me apetecía mogollón escribir esto. Sí añadir que siempre he odiado un poco a Bob Dylan y, sin embargo, hay que ver qué bien suena esta madrugada.

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Hoy he soñado que me moría e iba al paraíso de Facebook junto con todas las mentes que aprecio de este programa. Un sitio idílico donde se tomaban cañas y ponían pinchos estupendos.

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