Volver a Wilcock

Reedición de El Caos de Wilcock. La bestia equilátera no deja de sacar a genios, viejos y nuevos genios del pasado (también trazos de Vonnegut que no llegó a conocer Herralde). Juan Rodolfo Wilcock, en un momento dado, se hartó de sus líos con las Ocampo, de la amplia adoración de Bioy a un Borges más centenario que todos los premios Nobel  (sin que se lo dieran). Wilcock hizo literatura en Italia, a cambio de una muerte propia (en su tumba, cerquita de la de Keats, pone: poeta). He aquí unos cuentos más largos que aquellos que vieron luz en España a través de Edhasa, a través del sensacional El estereoscopio de los solitarios. Es esta la última obra argentina, necesariamente lírica de un adoptado de la voz sin voz, de un traductor (también de sí mismo) que murió traduciendo el libro de una especie de médico romano, presencia del XX en El evangelio según san Mateo, de Pasolini, donde hace de espectral caminante del desierto. Monstruo de entre las páginas de sus propios libros, leyenda inventada que hizo mella en Italo Calvino, para quien trabajó, en un joven y ya académico Calasso y en el propio Pasolini (fueron buenos amigos). Se dice que en la vieja chabola, por cosa del de la muerte en Ostia, a veces entraban a filmar y les sorprendían riendo. Luego callaban. Wilcock hablaba a los gatos. Y los gatos le hablaban a él (en español). Aquí muchos conocimos esa ciencia del interlocutor de su gran obra diarística (tras Kafka) en los delirantes personajes de La sinagoga de los iconoclastas (siguen reeditándose), herederos de un Schwob mucho más dado a la pérdida (e incluso a la perdición) que a los retratos del magno del decadentismo (necesariamente francés). En El caos, a través de cuentos de apariencia imposible, ya habitaba el Wilcock que se vio fuera del círculo borgiano (en Buenos Aires sólo le daba para editar poesías -malas-, la mayoría propias, o de Silvina -igual daba-), como tantos otros (destacan Arlt y el polaco Gombrowicz, que desde la cubierta de un barco que lo llevaría a una muerte conocida, se despidió al grito de ¡Maten a Borges! por mucho que el paradigma lo represente Cortázar en París). Hay en El caos un Wilcock que se pasa por los cuentos mientras, de otra manera, algo similar (embebida de un surrealismo más hecho por Artaud que bretoniano), hacía el movimiento Pánico en Francia (sobre todo el eternamente difunto, también genio, Roland Topor).

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Publicado originariamente en el número de Abril de 2016 en Revista Leer

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