Nictomenes (un elogio), por José Antonio Lorenzo Ruíz

Nictomenes es el verdadero nombre de la semejante criatura, que a su vez es la envoltura fantasma de don Alberto Masa, que a su vez es el misterioso caparazón de un tipo genial, un señor de los pies a la cabeza, el cual viene a ser la costra, la corteza de la creatividad ingenua y desnuda de un extranjero recién llegado. Pero está bien, os hablaré de Nictomenes. Nadie recuerda exactamente su nacimiento, entre paños de oro y toallas de palabritas muy bien lavadas, y nadie lo recordará nunca porque no deja de reinventarse a sí mismo, de dividirse como por mitosis en dos rostros idénticos, de los cuales el viejo saluda y se desvanece. Nictomenes, siendo un contínuo diferente de sí mismo, consigue resumirse en algo idéntico: siempre es guapo, y siempre inspirado. Últimamente se ha dejado la barba y el pelo largos, pero sin arriesgar demasiado; nada de trenzas o rastas en vez de cuidados rizos o un buen mostacho… lo cual le agradecemos, creedme. Se lo agradecemos mucho.
Como decía, la semejante criatura es un Nictomenes en todo su apogeo. Escribe como un ángel, un ángel por épocas un tanto cabreado y surrealista, o todo lo contrario, absolutamente costumbrista y hasta dickensiano. Sé que no estará de acuerdo porque los ángeles son así: una verdad absoluta y sin referentes próximos posteriores al diluvio universal. Probablemente me hablará de algún escritor polaco o búlgaro que no haya sido traducido, para decirme que podría estar más atinado, diciendo algo como: el efluvio azul y rojizo de un río en deshielo son sus manos sobre el áspero papel, directamente, como la derivada de la nube de humo de su cigarro. Lo sé porque él prefiere el tacto y el sonido de las teclas, que tienen su punto visceral y un contrapunto metafísico.
No albergo ninguna duda cuando afirmo que, si hubiera sido músico, habría sido pianista de jazz. Otra vez dirá que no, pero porque Nictomenes es un ángel muy snob; dirá que el percusionista, que lo tiene jodido si ha de bailar mientras toca, o el tipo ése que lleva y trae al grupo de local en local y se las da de importante mientras enrolla billetes en el escote de alguna camarera. Si le preguntáis, esperad que os responda con un pleonasmo. Él es así. Fruto maduro de un árbol recién plantado.
Tengo el permiso del cielo (sí, sí: del Cielo, que son sus padres), para contaros cuatro cosas sobre él. Pero prefiero dejar clara la maravilla personal y la talla literaria. Desentrañar el estilo de uno sólo de sus post no sería sólo un esfuerzo que requiere una gran cultura y mucho atrevimiento, sino que probablemente respondería a una envidia infinita. Como la admiración que siento sólo es comparable a su talento, lo dejo ahí: en la amistad sana, con la que me siento honrado.
¡Nictonautas! Si podéis, visitad su espacio personal. Ése en el que su peligroso brochazo no deja a nadie indiferente y cada pincelada crea magisterio. Veréis cómo un tosco color rojo os atrapa en un lazo que estrangula hasta el placer, inquieta sin pretensiones, y a veces indigesta pero deja con sed. Como haría una esfinge, vaya que sí.

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Autoría: José Antonio Lorenzo Ruíz

En la imagen: Esfinge, de Julio Ruelas

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