La psiquedelia ha muerto, artículo anónimo

«Reflexiones al hilo de la presentación de los libros Tihkal y Pihkal, de Alexander y Ann Shulgin.

Acudí a la presentación de los libros Tihkal y Pihkal, primorosamente editados por la editorial Manuscritos, invitado por un amigo, uno de los organizadores del acto. Aunque hace años que dejó de interesarme todo el mundo de las drogas, la amistad y cierta curiosidad morbosa por reencontrar a viejos conocidos del mundo enteogénico me animaron a asistir.

Juan Carlos Ruiz, coordinador del proyecto Shulgin en español, nos contó algunos aspectos más o menos intrascendentes de las dificultades de llevar adelante el proyecto de traducir al español las magnas obras (unas 2.000 páginas). Luego nos pasó una serie de diapositivas en las que mayormente se veía a dos venerables ancianitos muy sonrientes: el matrimonio Shulgin. Aquello es lo poco claro que saqué de su intervención, que eran gente muy alegre y sonriente. Pues vale. Pero lo más importante fue su definición de los libros como “la Biblia de las drogas de síntesis”. Efectivamente, si esos libros son la Biblia, debemos considerar al matrimonio Shulgin como los profetas de la buena nueva, a los intervinientes en el acto sus apóstoles y a los demás, es decir, nosotros (el público), ¿acaso los adeptos?

Manuel Guzmán, Catedrático de Bioquímica y Biología Molecular en la Facultad de Ciencias Químicas de la Universidad Complutense de Madrid, explicó bastante bien, para un público profano, cómo interactúan las sustancias de síntesis con los receptores de nuestro organismo. Todo muy bien, salvo el atroz reduccionismo de su vehemente afirmación “Todo, absolutamente todo,  es química”, que repitió varias veces,  como si no lo hubiéramos entendido a la primera. Casualmente el día anterior había leído yo una entrevista con  el filósofo Gustavo Bueno, que contaba cómo ridiculizó la misma afirmación que hacía nada menos que Severo Ochoa y, a la vez, pensaba en si el tiempo también sería química o si, más bien, la química actuaba dentro del tiempo, degradando, oxidando, etc., las sustancias…

José Carlos Aguirre, filósofo, intentó más o menos rebatir los argumentos de Guzmán, y entró en la vieja polémica entre mente y cerebro, pero entre que no quería polemizar demasiado por no ser el momento ni el lugar para un debate filosófico, y que se hizo un lío con los papeles y las citas que llevaba, la cosa quedó un tanto farragosa.

Del resto de intervenciones, poco que decir: el médico Fernando Caudevilla se puso nervioso y no paraba de mirar a un lado y otro, no sé si buscando entre el público alguna chica guapa con la que ligar después del acto, o quizás paranoico por si hubiera algún agente de la DEA camuflado. El caso es que no me enteré de mucho de lo que dijo. Por último, Alejo Alberdi, músico (Derribos Arias) superviviente de la movida madrileña, de infausto recuerdo para quienes la sufrimos en las carnes, se definió como drogófilo, y es el único que tuvo cierto gracia en su charla, dentro del sopor general de un acto que se prolongó más de lo deseable, pero en fin, ese gracejo de beodo que puedes encontrarte a las tres de la madrugada acodado en cualquier antro madrileño y al que, como una buena madre, dan ganas de decirle: Anda chaval, vete a la cama, que ya es muy tarde.

Y efectivamente, se hizo muy tarde, y nos quedamos sin poder preguntar (solo dio tiempo a una pregunta del público). Me habría gustado hacer una pregunta muy sencilla: ¿Pueden levantar la mano los químicos que hay presentes en esta sala (aparte de Guzmán, claro)? Y dudo que se hubieran levantado muchas manos, si es que alguna. ¿Y no os dais cuenta de que defender las drogas de síntesis, deja en manos de los químicos, en exclusiva, la elaboración y distribución de las sustancias, porque ninguno tenemos la menor idea ni posibilidad de elaborarla?

Y en un mundo donde rige la prohibición, y donde, salvo ser amigo personal de uno de estos químicos, hay que acudir al mercado negro, donde no hay garantías de lo que se compra, ¿no es la defensa de las drogas de síntesis un acto cuasi criminal? Pues éste fue siempre mi reproche hacia Antonio Escohotado, el gran defensor de las drogas sintéticas, que considera muy superiores a las drogas proporcionadas por la naturaleza (que él llamaba “arcaizantes”), porque puede controlarse la dosis, la pureza, etc. Sí, todo eso está muy bien, para él, que perteneces a una elite drogófila, pero para la gente corriente ¿qué? ¿Ruleta rusa?

Y me habría gustado explicar que todo el mundo tiene acceso, en los jardines, los bosques y las montañas de España, a toda una gama de drogas enteógenas para los más diversos gustos. Y al igual que recomiendo siempre a los adictos al cannabis que cultiven su propia yerba y no consuman la bazofia que traen de Marruecos las mafias policiales organizadas, recomiendo a todo interesado en la experiencia psiquedélica recoger o cultivar sus propias sustancias.

Porque cuando uno acaba bailando desnudo a la luz de la luna, con la amada o con unos amigos, después de haber ingerido una dosis de hongos psilocibes que ha recogido esa mañana en la montaña, es un hombre completo. Mientras que, si tomas una dosis de noséqué moléculas en el ámbito de una cámara de aislamiento sensorial, monitorizado por un químico, tan sólo eres una rata de laboratorio. Francamente, no hay color.

Y en el sopor de la noche, una conclusión se hizo clara en mi mente: La psiquedelia ha muerto. La mató la química. Porque al sustituir sintéticamente lo “arcaico” y primordial que nos ofrece mamá naturaleza, han convertido la experiencia chamánica de autoconocimiento y exploración de otras realidades, en un divertimento para mediocres que prefieren ver los toros desde la barrera, pasarlo un poco bien, y seguir su absurda y rutinaria vida, sin peligro.

Y al mirar por última vez los rostros de funcionario de aquellos apóstoles  de la vía química, y las caras aburridas de un público que quizás esperaba algo más de imaginación y talento de lo que fue, en sus tiempos, la brillante explosión psiquedélica, pensé para mis adentros: Nunca más, amigo, nunca más…»

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La imagen que decora este correo recibido en las tres de esta pasada madrugada y firmado como anónimo retrata las ruinas de la ciudad griega Eleusis. Querido amigo que deseas pertenecer en el anonimato, acabo de comerme una lata de atún claro y me dispongo a partir hacia Madrid centro. Recibe un gran abrazo de mi parte.

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