Inconcreta desdicha (2), una corazonada de Marisa Bou

He vuelto a leer, una vez más, Inconcreta desdicha, la primera obra de Alberto Masa que leí y que cambió –para mejor— mi concepto de la buena literatura. Me ha emocionado –otra vez— hasta las lágrimas. Qué otra cosa se puede hacer cuando una se enfrenta a un escritor que se niega a sí mismo como niega a dios, y no se da cabalmente cuenta de que si dios existe es sólo porque el lo inventa, por lo que solo puede existir en función de lo que su mente privilegiada escriba.

Ya le hice una reseña hace años, pero ahora reniego de ella, porque me doy cuenta de lo superficial que fue mi lectura de entonces. Le comparé con escritores que ni siquiera conozco en profundidad y que poco o nada tienen que ver con él. Ahora sé que, aunque ha bebido de muchas fuentes –porque ha pasado la mayor parte de su todavía breve vida leyendo a los más grandes, y nutriendo su ya desbordada fantasía de todos estos autores (que él me ha enseñado a apreciar), tiene un estilo propio, indiscutiblemente suyo, que hay que leer con los cinco sentidos –y alguno más— para comprender su atormentada prosa, fruto de una vida en absoluto fácil, aunque alguna vez se haya pensado de él en esos términos. Una escritura que no se ve afectada por los psicofármacos que consume, con la intención de no verse desbordado por sus pensamientos, que son los de una persona que sufre brillando en la oscuridad más angustiosa, que no intenta sino poner luz en donde solo hay sombras. Sólo rescataré de aquella reseña este párrafo, que no es mío, sino del propio Alberto, Y que le muestra cual si debajo de un foco estuviera:

“Moriré y en mi lápida pondrá “Soñó”. De mi cuerpo no quedará nada y de mi alma, picada de viruela, tampoco. Las avutardas inventarán nuevos amaneceres. Fue una persona egoísta y terca. Mis padres llorarán, mi tía Pepa llorará, Ella llorará y la mezcla de sus lágrimas con mis cenizas serán el viento del imperecedero y comestible otoño. Algún día no oiré ya el sonido de mis teclas. A mi entierro vendrán tíos y sobrinos de mi pueblo cuyas caras ya he olvidado. Yo era el chico la Ciriaca. Fui dichoso al otro lado del teléfono. Su voz era un cello cuyas cuerdas no me cansé de acariciar. Quise hacer música, lo juro. Eso es todo lo que quise hacer.”

Yo no sabría decir si se trata de eso que llaman “autoficción” o de una realidad que él convierte en ficción para sacársela de encima, para que no le asfixie, como viene a demostrar desde las primeras líneas del libro, que son estas:

“Me pongo a reflexionar sobre este nuevo año de la única manera que sé reflexionar, es decir, tecleando. Tecleando se reflexiona muy bien, la verdad. Los que no reflexionan nada tienen pinta de pensador, por la ropa y por la postura, pero las ideas –o lo que sea eso— como salen es tecleando. […] La primera vez que llegué al psiquiátrico (Esquerdo, 1996) ya me habían metido en la camisa de fuerza. Se siente uno muy puro dentro de una de esas camisas que además son muy chic. […] por la ventana veía un repetir de luces y el sonido de una sirena que aún hoy resuena en todas las camisas que me pongo para estar majete.”

Poco más adelante aparece este párrafo, que a mí me produjo escalofríos, que hoy aún dudo si eran de placer o de temor:

“Cuando me hicieron la cura de sueño me dieron unos calzones sucios y me quitaron los míos, que no me dio tiempo a mirar si estaban sucios o limpios. Al despertar, el mundo entraba por una diminuta ventana puesta en el techo y por la que no cabía el canto de ningún estúpido grajo. Era una habitación para no suicidas, que son las peores que hay, bien lo sabe Dios. Hoy leo “El desierto y su semilla” y veo, más allá de la ciudad, el día en que me sacaron para ducharme de nuevo, en un hoy en el que padre está partiendo jamón y en la televisión se desnudan los osirios. La nota de humor la pone aquello de que la realidad es un truco y que, hoy, aparecen de nuevo en los alféizares los colores de la infancia, llena de niños, para los cuales la Navidad es un avión puesto en las manos y mi cerebro un rifle a punto de ser cargado por un manco en el salvaje Oeste. La monja desapareció y me besaron unas estudiantes de no sé qué que había por allí aprendiendo oficios. Yo me sentaba y era Glenn Gould ante el piano roto contándole que Napoleón, en Elba, era el más siniestro de todos los hombres. Me encantan los villancicos y los Reyes Magos. Mis estrellas se han caído fabricando un suelo hecho de metal en el lugar donde escribo para entenderme, un sitio cerrado donde jamás se le ocurriría entrar al demonio”

Sólo otra novela me ha llegado a producir la misma sensación de asfixia que Inconcreta desdicha: La ciénaga definitiva, la obra póstuma de Manganelli, (que, como tantos otros autores él me descubrió, para mi deleite) en la que el narrador se siente portador de una culpa y se adentra en una tierra “turbiamente viva”, de la misma forma que Alberto Masa nos habla de instituciones psiquiátricas, bien sean verdaderas o inventadas, en las que no sabe como ha entrado ni cómo va a salir, propiamente como el héroe de Manganelli.

Y como Manganelli, él duda entre considerarlas infiernos o jardines (útero o excremento), pero sí sabe que en ellas sólo habita la soledad, de modo que debe rechazar toda apariencia de normalidad, al mismo tiempo que habla de ellas con una normalidad aparente. Habla de unas instituciones que jamás han servido para “curar” a ninguno de los que han tenido la mala fortuna de verse encerrados en ellas. Y no porque estos enfermos no tengan cura, sino porque, en la mayoría de los casos, han aprovechado el tan cristiano “sentimiento de culpa” para conseguir que un genio se vea a sí mismo como una mente insana.

Yo no puedo ver a Alberto Masa (poeta, cuentista, narrador de prosa lírica trufada de las más finas metáforas y ostentador de grandes conocimientos), ni como “mente enferma” a la que no merece la pena atender, ni como “autor póstumo”, descubierto demasiado tarde por “los amos del cotarro” que, o bien no lo han leído o no lo han querido entender. Y mucho menos como una mente insana.

Sé que algún día va a estar en las listas de los más leídos, como miembro de pleno derecho. Y yo espero vivir para verlo.

MARISA BOU. 28/5/2018

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