El general se confiesa, de César Gavela (una reseña de Marisa Bou Arrué)

EL GENERAL SE CONFIESA. César Gavela, 2015. Punto de Vista Editores.

 

¿Se confiesa el General? Tal vez lo hace, pero sólo ante sí mismo, ante Francisco Franco Baamonde, sin esa H impostada con la que quiso aumentar su grandeza, alimentar el orgullo que le cegaba. Se interpela, se elogia, se justifica, se vanagloria. Claro, no son sus pensamientos, que no hay modo de conocer. Se trata, en realidad, de una ficción, en la que el autor toma la voz, o el pensamiento, del general, en los cada vez más largos descansos de una de sus acostumbradas cacerías: estamos en 1964 y ya es, claro, un hombre viejo.

César Gavela hace un espléndido ejercicio de buceo en las últimas divagaciones del dictador, que va notando más cercano ya a su fin. La voz imaginaria es fácilmente aceptable por quienes tuvimos que vivir bajo su égida. Lo convierte en un personaje creíble, acaso más de lo que fue aquél pequeño general imbuido de grandeza, militar hasta la médula  -militar y cristiana-  que se nombró a sí mismo garante de una larga paz que no fue sino una libertad vigilada durante la que nunca dejó de velar sus armas. Sentado en una silla de campaña, frente a una pequeña mesa en la que su ordenanza le ha servido una infusión, deja vagar su mirada por los picos de la alta sierra y reflexiona, medita, o más bien conversa con su ‘otro yo’, el Baamonde sin hache intercalada que siempre quiso ocultar.

Caudillo antes que hombre, se siente reclamado por la historia para enderezar los pasos de la patria, esa España que él soñó una, grande y libre… excelso papel que el cielo le ha otorgado. El autor le atribuye frases que bien pudo haber dicho, o pensado:

“Sin mí, la historia del mundo sería otra”, se dice desde la certeza…

“Que la vida se detenga para que la patria se cumpla. Que yo sea hasta mi muerte el que cierra las puertas al enemigo, el que guarda las llaves, el que siempre desconfía, el que nunca descansa”, se enaltece y se otorga…

“Hice mi trabajo, pero no es un trabajo, sino un destino. La piedad no forma parte del bagaje de un guerrero. La indulgencia es asunto de los dioses, no de los hombres”, se justifica.

“A veces pienso que yo debería ser el nuevo rey de España. Cerrar así mi trabajo. No hay obligación alguna para con los Borbones: ellos están fuera, la República los expulsó”, sueña.

“Pero a mí la inmensa mayoría de los españoles me quiere y me respeta. Ellos valoran lo que he hecho y prefieren que continúe al frente de la nave patria. Son ellos los que quieren, mucho más que yo. Los treinta y dos millones de españoles”, especula orgulloso.

Entre las páginas que nos muestran estas supuestas reflexiones, hechas durante el largo descanso cinegético, Gavela nos narra una historia conmovedora, un ejemplo de otras muchas historias que sucedieron a partir de la guerra civil, uno más de los indultos que Franco nunca firmó, porque no estaba en su ánimo perdonar la vida de ningún enemigo. Una historia más, una de tantas. Contada con sencillez, sin dramatismos añadidos, con la naturalidad con la que se cuentan las buenas historias. El empeño de un niño en salvar a su padre de un destino que está ya acordado.

El muchacho recibirá una ayuda inesperada y conseguirá, por fin, entrevistarse con Franco. Pero ya sabemos que el perdón no era lo suyo. Entre tanto, desfilarán por estas páginas compañeros de Luis Boeza y policías torturadores, la mujer  -entera y temperamental-, los padres  -que sobreviven instalados en el recuerdo- y compondrán un exacto fotograma de la vida y de la muerte de los derrotados.

Recomendable su lectura, tanto para quienes conocieron (o sufrieron en carne propia) casos como el que se nos narra  -aquellos que pudieron ser, o ver de cerca, personajes como los que en ella aparecen-  como para los jóvenes nacidos cuando el tiempo oscuro ya había acabado. O para aquellos que, por su edad, podrían sentirse identificados con Pablo Boeza, e incluso con el propio autor, del que no sabemos  -más allá la aparente coincidencia en el año de nacimiento-  cuántos rasgos de su propia biografía ha podido revelarnos en este niño, casi hombre, hijo de un muerto tardío de la guerra. “Porque los muertos de las guerras tardan mucho en morirse finalmente.”

Marisa Bou

31/1/2016

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