Crónica de un libro devorable, por Marisa Bou

 

“Me encuentro en una fase naturalmente egoísta. Pensando qué o, mejor dicho, quién soy. Pongamos: pensando de qué trato. De qué va la novela que represento durante lo que llevo de existencia. Llego a la conclusión de que me invaden los prejuicios y que eso no es del todo malo. Es bueno también. Soy yo también. Yo con prejuicios, también hacia esa novela que representa mi (jodida) existencia.”

Es este un párrafo entresacado de uno de los cuentos que conforman este tomo de casi 400 páginas que Alberto ha titulado (y yo sé bien por qué) Preludio de una borrasca. También podían haber sido 800. O 1000. ¡Es un escritor tan prolífico!

No importa de qué cuento haya tomado el antedicho párrafo. Lo que cuenta es que –en esas escasas seis líneas— Alberto se define a sí mismo. Se reconoce egoísta –cosa lógica en un hijo único, que nunca tuvo con quién compartir el natural cariño de sus padres (y yo entiendo de eso, porque fui hija única hasta los trece años)- y puteado por la vida, tal vez un poco más de lo que todo ser humano ha sido puteado por ella. ¿Cuestión de suerte? No. No creo en la suerte. Y sé que Alberto tampoco.

Leer los cuentos de Alberto Masa es sumergirte en un caos en el que nunca llegamos a distinguir entre lo biográfico y lo puramente inventado. Y es porque, si atiendes bien a lo que dice y a lo que calla, siempre aparece él entre líneas. Su Él de verdad, su Él deseado, ese Él que aparece en sus pesadillas y en sus sueños más dulces. Por muy surrealista que sea el cuento que estemos leyendo, siempre asomará algo de su personalidad, esa personalidad de la que él, extrañamente, duda, pero que sus lectores apreciamos firme, entera, sabia y cultivada por sus incesantes lecturas: la soledad tiene eso, que te proporciona el tiempo para la lectura, a poco que tú tengas interés en aprender de los sabios que te precedieron.

De ahí que podamos encontrar citas –no siempre buscadas, algunas forman parte del entramado de su mente moldeada por el buen leer— de múltiples autores: desde Umbral (su primer amor), pasando por Aldecoa y Gamoneda, por Lowry, Calvino, Canetti. Por Zenón de Citio. Por Heidegger, Kierkegaard y hasta Epicuro. Desde Huxley a Poe, de Felisberto a Cortázar, a Arreola, a Beckett, a Joyce. Lo mismo Shakespeare que Piglia, Alcmeón de Cretona que Maeterlinck; Lacan, Quignard, Claude de Vignet, Kafka, Clarice Lispector, Montaigne… entre otras referencias que, si bien no aparecen nombradas, se dejan notar en su escritura.

Cita también a su prologuista, Alberto Ávila Salazar, de quien es amigo; también cita a autores como Manuel Rodríguez, aún inédito, que escribe en Facebook muy buenos textos.

Eso aparte, hay referencias de arte (pintura, escultura, música…) ¿Qué habrá, que no haya despertado la curiosidad de este hambriento muchacho?

Algunas de las citas me parecen tan poéticas como la propia alma de Alberto –que no se considera poeta, pero lo es, diga él lo que diga— como esta de Gimferrer: “Como gritos se abren rosas en el silencio”. O esta otra de Cummings: “Si la alegría y el dolor están hipotecados / ¿quién se atreve a llamarse hombre?”)

Alberto “elige entre la tristeza y el deseo e inevitablemente se equivoca”. Y yo le digo: “Sonríe, pequeño, no estamos solos. Ni de coña estamos solos.” Alberto me recuerda muchas veces a Jhon Fante, autor que emplea, como él, la narrativa en primera persona con la desenvoltura del que se sabe alguien, a pesar de que la vida no le permita mostrar a ese alguien, sino a un émulo desbaratado que va de un lado a otro intentando mostrarse y –no siempre— consiguiéndolo.

Supongo que cada lector tendrá su cuento preferido en esta colección. A mí me resulta muy difícil escoger uno. Solo haciendo un arduo ejercicio de eliminación (hasta el más corto es un cuento importante en sí mismo) me he quedado con uno: Lo que fue el mundo (página 215). Justamente uno de los pocos que no escribe en primera persona. O sí. Pero no se trata de él, sino de su profesor de la universidad contándole su concepción de la vida. De lo que él supone que es la vida, o el mundo, o lo que sea. Me inspira una tremenda ternura esa conversación (o, mejor, monólogo, porque aunque le habla a Alberto, él solo escucha) de la que transcribo unas líneas como ejemplo:

“Ya en el siglo IV a. C., un tipo griego le dijo a otro que ya no había nada que hacer, que ya estaba todo inventado, todo hecho. Estoy de acuerdo con ese hijo de la gran puta. Ya no recuerdo su nombre. Está en los libros. No me gusta la palabra esencia, en absoluto. Mira a tu alrededor: ¿ves esencia? Esto es una gran ñorda en medio del campo, basura sobre basura, eso es. Tú no, eh. Tú eres mi amigo. El gran Alberto Masa, que no sabe nada, como yo, y que sabe que no sabe nada el muy cabrón. ¿Qué hay después de eso? Pues no lo sé muy bien, la verdad. Entre tú y yo: no tengo ni la más mínima idea. Y tú tampoco creo que la tengas. ¿A que no? Ese es mi chico. Mi gran alumno. El puto amo de la promoción.”

Y con esto cierro mi crónica, poniendo en boca del profesor lo que yo pienso de Alberto, para no tener que decirlo yo y que me digáis que soy parcial. Yo solo digo: leed este libro. Merece mucho la pena.

Marisa Bou
18/10/2018

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