Alberto en jueves, por Marisa Bou

Es difícil describir a alguien que llevas tan adentro. Lo he intentado muchas veces sin éxito. Ahora que le tengo delante puede ser que lo consiga.

Alberto Masa es un niño grande. El niño que salió de Valseca siendo un crío feliz, ahora es un hombre atormentado que escribe sin parar, porque para él la vida consiste en eso. No tiene una gran estatura física, pero su altura literaria le eleva, le hace grande. Puede, a veces, parecer un pícaro: es la máscara que emplea para cubrir su inocencia, para protegerse de los demás.

Bajo su aspecto aniñado, habita un conocimiento profundo de la literatura, un equipaje perfecto para su viaje continuo por el mundo de las letras, su único mundo. La poesía aflora en sus escritos, como afloran los lirios a la orilla del río. Incluso cuando intenta ser mordaz y nos provoca —cosa que sucede a menudo— se le ve el plumero al poeta que vive agazapado dentro del provocador.

Hay artistas que “triunfan” apenas ponen los pies en el mundillo literario. Alberto no acaba de ser reconocido, ignoro la razón por la que no se le hace justicia. ¿Tal vez porque acostumbra meter el dedo en alguna llaga influyente? Puede que sí, pero él no puede evitarlo. Su sinceridad no tiene límites, empezando por él mismo. Pero no hay mala intención, no son ataques: son sólo exposición de hechos, nada haya que temer.

Un escritor ha de tener un conocimiento profundo de lo que se ha escrito, de lo que está sucediendo en la literatura y él lo tiene. Sus críticas literarias son frescas y sabias, exactas. Y, a través de sus obras, se muestra desnudo y sin trabas, confiesa que ha sufrido y lo hace sin pudor: haciendo el mejor uso de las palabras para retratarse y ofrecerse al mundo. Es sólo cuestión de tiempo que sea descubierto (o re-descubierto) y apreciada su torrencial escritura como lo que es. Las confesiones de un hombre que, en absoluto raquítico, pasea su inconcreta desdicha, suponemos que como Roberto Alcázar, sin atender al molesto vuelo de una mosca que le incordia constantemente, léase como mosca el menosprecio de los que, no siendo mejores que él, han logrado incorporarse a las listas de novedades.

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