Fauna de caídos (8/02/09)

Anteayer: El molino (provincias), trabajando desde hace dieciséis horas, el clima se agradece. El chico de enfrente ha cavado una nueva zanja. Es la primera vez que lo veo. Él dice que me solía ver en la universidad, que me recuerda siempre al lado de una chiquita rubia bebiendo tercios de cerveza. Que un día vio cómo me abrazaba, así, por las buenas. Le digo que a saber si esa mujer existió. Me dispongo a regar las coliflores. Él dice que se llama Alfredo. Dice haber leído un libro mío allá por 2003. Muy posmoderno todo. Mientras damos una vuelta al botijo (agua clara con un par de lágrimas de Marie Brizard), nos miramos y nos entra la risa, por un momento, a ambos, una especie de carcajada que se lleva el viento, la acoge. ¿Posmodernismo? Es el chiste más gracioso que hemos oído en nuestra vida.

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(…)

Los pájaros son unos dementes y, como los dementes, no vuelan en historia ni nada así, sino únicamente batiendo sus alas hacia arriba y, luego, hacia abajo. Una vez, otra y, ya en la rama, usan la tranquilidad para ponerse a hacer grititos.
Son hermosos como todos los animales que no tienen dentadura.

Tengo 71 años y vivo en una zona para semilocos del Nepal, que es un lugar donde no hay loco del todo, debido a lo práctico y lo bruto que hay en el silencio, pero eso sólo es en los dibujos de mi amigo Alfredo. En los demás sitios soy el que he sido cuando, tras haber vomitado un niño de mi tamaño en el fregadero, lo recojo con cubos que, luego, vacío en bolsas que voy llevando, en los viernes, a un lugar de recogida.
En el camino hacia los recipientes siempre hay niños obtusos que quieren 71 años. Me dicen esto y lo otro o que les regale cosas. Me enseñan una mirada de niño y no tienen recompensa, luego enseñan la axila y quieren que yo, a cambio, les dé una edad que sólo tengo en los dibujos de mi amigo Alfredo. Les digo Irse, señores, caballeros.

Toda locura empieza en una reunión. Algo como para hacer la amistad, el amor o cagarla.

Los pájaros, en los cuadros de mi amigo Alfredo, son una tormenta y, cada relámpago, pare un animal que se está buscando a sí en la gota de acuarela. Yo se lo digo y él hace que no se da cuenta. En la casa hay unas cacerolas junto a Mari y una terraza igual a la casa donde, a veces, he visto estos pájaros esparcidos por el suelo. Dispuestos a que lleguemos y nos pongamos a cenarlos sin sacarles más plumaje que el que se han quitado ellos rascándose, mudando y todas esas cosas que hacen hasta que han venido aquí con su torva expresionista de muñeca azul-metro.
Llegamos la Mari, Alfredo y yo y, ante ese pastel/arcoiris-bestia, somos el Ícaro en una agencia de viajes, preguntando por los baños.

Pasa que el papel es una fiesta donde siempre se han reunido otros antes y parido un loco por sí mismos. Lo hicieron todo. Eran gente borracha, como los niños de la calle camino del basurero.
Ya dijeron del Sr. Ulianov que una cosa es ir a los cabarés y otra muy distinta estar a gusto en ellos.
Los cabarés son un nido (hecho con piernas cruzadas de bailarín) de un pájaro cualquiera dibujado por mi amigo Alfredo. Si no, que se lo pregunten a un niño obtuso que sepa revolotear entre mi calle y el lugar de la basura. Los he visto. Quieren que les dé 71 años, por la jeta. Como los artistas. Siempre las mismas cosas de tontos + dame primo/a. La cosa es: hay subvención, es decir, los tontos son otros. Y esto es lo suficientemente atractivo para cualquier boca de trece años en cuya vanidad puede caber cualquier otra persona de trece años.

Viajo en autobús, veo gente que camina, leo Lenin Dadá… Alfredo tiene razón, soy un poco viejo. No sé si 71 años pueden ser veinte mal aprendidos. En el Nepal todo eso es virtud porque no hay que comprender nada de nada. Ya es una mierda, pues lo dejamos tal cuál y ya verás cómo los turistas empiezan a flipar cuando vean que somos así de chulos. Ya les veo deseanditos de descalzarse y meter los pies en el hielo, y todo para verse en colono, descubrirnos, Tung Wuan, macho.
Mira el cielo de esta urbe, a los artistas de la miel cerda. En cada muy hay un percebe que quiere ser otro animal. En cada animal hay un pueblo entero que quiere su ruina hecha en un papel.
Nosotros nos miramos un día siguiente, Alfredo pela unas patatas y yo le miro cómo las echa a la sartén: ¿La Mari hoy no viene o qué?

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La foto la tiré hace lo suficiente como para recordar el cielo hoy

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