Notas de Facebook de segunda mitad de octubre de 2017

El nivel de seriedad de mi web puede avistarse levemente en su bajón de audiencia (del 85%). En eso pienso además de en un futuro que promete poco y en que quizá sería sensato abandonar la red (opción mucho más honesta que severa). Mientras tanto, el editor (no obstante, amigo) de mi nuevo libro (de relatos), quizá de los buenos (pongamos que su público lector aspira a llegar a los 300, la mitad de ellos amistades de la familia), regresa a dejarme tirado al teléfono con oraciones como “Perdona, es que estoy muy ocupado”. No, no es el momento más óptimo en el que encontrar mi estima. Pero está Ana.

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Hubo cierta ocasión en la cual mi cabeza se encontraba sumisa de la melancolía en que decidí salir a la calle desnudo. Los vecinos no parecieron tomárselo a bien, menos aún cuando daba inicio a correr y dar gritos bajo mi lema: Necesitamos flores!! Finalmente la comisaría me aceptó entre sus ocupantes bajo una manta de Viajes Iberia. Les dije que yo la amaba. Mi declaración fue interpelada por la secretaria, que incluyó la frase: Sufre delirio y, entre paréntesis, posiblemente estemos ante un caso de brote psicótico. Imaginé que podía matarlos simplemente imaginando su muerte. Y sucedió. El techo de la comisaría cedió y nos dimos a una muerte donde la mía se diferenció de las suyas en que continuó haciendo vida en el Facebook, allá, por la inet, y aquí sigo: Contando a la sociedad mundial (cada vez tengo menos contactos) el por qué de aquello y de todo lo asociado al buen nombre del barrio donde fui dado al nacimiento.

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Mi disfraz habitual de Halloween es el de un tío que entra en su bar de siempre y pide Red Bull para consternación total del resto de la barra, que bebe de esa mierda habitualmente e incluso osa mezclarlo con, oh my god, whiskey irlandés.

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Novias que te dicen “Cariño, aún nuestra relación no ha cogido la suficiente estabilidad como para comenzar a usar el rompeortos”.

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El momento en el que ella, con las medias a medio quitar, se dirige hacia el armario y saca una crema de mentol, y te dice: Toma, mi amor, te lo has ganado. Ese momento.

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¿Para definirse catalanista y/o andalucista es necesario tomar partido por La Trinca o Los Morancos?

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Hace risa cómo crecen algunos, de arriba a abajo. La clase de estreno de una importante empresa (dicen que) cultural fue inaugurada conmigo (mi contrato era del 0% de los beneficios) y dos que, parece ser, estaban interesados en invertir como alumnos de grandes proyectos, de esos que empezaban desde abajo. ¿Quién era el primo de ese juego de poker? Ni siquiera teníamos cartas. Era ciertamente gracioso ver cómo hacías el papel para que los nombres de los impostores figurasen en la redacción de tres periódicos que se vendían bien en España entera. Una televisión local vino a hacerme unas preguntas: Bueno, tú eres uno de esos tipos interesados en la letra. No pude evitar escojonarme. Tanto que la entrevistadora me tomó por loco. Fue la parte suprimida del montaje final. Ya lo dijo el bueno de Billy Wilder: Tú entretiene pero luego, luego… que te dejen meter mano, ostia. Pues claro. En honor a la ficción uno lo entiende.

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Hace risa figurar los carrerones de los hijos de aquella gente progresista de la cultura de una España que la permitía. Mucha, pero no es para reírse. Es lastimero a los ojos de un mayo lluvioso ver hoy las prósperas cinglas del hijo. Me refiero a los vástagos de la cultura con mayúsculas. Las idas y también venidas. Lo que salió de la cuna del autor de La cena de los notables y la autora de Lo real (dice leer mucho a Raymond Williams, maestro de Terry Eagleton -uno le figura en Manchester, reescribiendo por novena vez los manifiestos que envalentonaron a un fantasma a recorrer la humanidad entera a bordo de un purito -o, en su defecto, una pipa-). Uno figura a la hija (pobriña, pues es feúcha ella, aunque seguro eso se pasa -otros iniciamos al contrario-) de nuestro amigo poeta, muy dado a repetirse, cosa que no es que sea exclusiva, Luis García Montero (autor también de canciones de Sabina -háganse una idea de la pasta de la que está hecha el Fnac-) y esa mujer, lozana y campechana ella, que tiene, autora de Tabaco pueblo y otras ocurrencias. Uno charla con la pequeña de Javier Marías, preocupada por la carrera de Nacho Vegas, pues un día fenecieron (cosas íntimas que a poca gente interesan). Uno imagina, ya digo, se figura. Es sabido que el marxista que hubo en Marx también inició en esto de la vida a alguien. Por suerte vino al mundo herido de ambos ojos. Yo fui hijo de un pastor que vino a Madrid con la cosa de trabajar. Porque esto de la vida era cosa de trabajar, claro. Le he visto esta mañana. Está algo enfadado. Que si no lo acepto en facebook, me pregunta. Pero si ya nos tenemos. Ay.

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Desde hace tiempo ya no hablo de lo que les es de inusitado interés en mi muro, esto es: Mi vida anal. Francamente, quedé curado del todo. Y bien, el proctólogo, Ángel (no se corten, pongan un Ángel en su vida), llamó a casa con el objeto de preguntarme por la “fisurilla”. Como no todos los días te llama un sujeto que ha gozado el deleite de introducir su dedo en mi ano, es más, durante más de dos segundos, incluso tres, era esta lo que en mi dialéctica podría denominar una llamada con bastante de inusual. Estoy recuperado, querido amigo, fueron mis palabras. En ese instante recordé al abogado Saúl de la estupenda serie Breaking bad. No dudaría en decir: ¿Problemas de o con el ano? Llame a Saúl, para a continuación aportar un número que empieza por 906. Ángel, bien, no es Saúl, pero me dijo que se alegraba, a lo que añadió: Gracias, majo, la verdad es que no hay fisura que se me resista. Y aquí es donde les propongo que, ante la menor duda con respecto a la salud de su ano, no lo duden un momento: Les pasaré, por el módico precio de un lubricante, el teléfono de mi proctólogo. Recuerde mi lema: Su ano volverá a ser el de siempre y, oh yeah, volverá a gozar imaginando la lectura que dará inicio en el baño ante situación íntima. Les diré lo que me toca: Solenoide, de Cartarescu (pronto en sus mejores cuartos de baño).

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Ser una facebook star tiene sus inconvenientes y uno de ellos reside en que, a ciertas alturas, no superar los 40 likes no sólo evita que se te enamore el alma, sino que, es un hecho, se te pudre y ves el infierno en tu estado, no obstante genialoide, buscando desparecer de la faz de ese infierno sin remedio en el que tus contactos te sumen, negándote.

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Tengo una conocida de lejos que, en los tanatorios, aborda a todo aquel que se encuentre llorando con un ¿Para qué lloras? No ves que ahora está en el cielo!! Como si llorar fuera un sacrilegio en vez de sentirse dentro del sol. Aturde, molesta. Esta señora no puede ver a nadie desgañitándose por el finalizado de su padre o de su hijo. Luego, cuando dan las nueve de la noche, recoge a los suyos con la frase: Vámonos ya, que aquí ya está to el pescao vendido.

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Cosa que pasa:
Me gusta el té negro. Es un hecho. El blanco no lo he probado (no sé si lo solucionaré o no porque el caso es que tampoco soy yo mucho de té). No obstante, sí es cierto que me gusta bastante el té negro, el rojo un poco y el verde bastante menos. El caso es que voy a una puta tienda de nuestro majísimo Madrid a decir que me llevo tanta cantidad de té negro ofreciendo en resultado que la chica (tachuela en la lengua, 1994 -de cuando en la película Pulp Fiction el personaje que, junto con su novio, va a poner una inyección en el corazón de Uma Thurman dice aquello de “mejora la felación”-) me pregunta si lo voy a tomar de noche. Yo, más campechano que sea cual sea la monarquía que se precie, contesto que me encanta tomar una infusión de noche. Entonces es cuando ella dice: No no no no, entonces, si usted se toma té negro ¿Cómo va a dormir? Llévese mejor té verde. Pero bueno… ¿De veras usted sabe que yo, por las noches, me dedico a dormir? Joder. ¿Cómo voy a dormir esta noche? “Sin ti” es lo que tenía que haberla contestado.

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Pues hoy, día 25, resulta que me avisaba este trasto que era el cumpleaños de un tipo de nacionalidad indefinida con el que nunca he intercambiado un hola o un adiós y, resulta, tenía una cara de desaborío (no digo que lo fuera, que lo sea) que me he dicho: a este/o quítale/o y te quedas tan ancho, y sí, de veras, ha sido como ir al váter tras tres semanas sin conseguirlo y que salga solo. Qué ancho se queda uno, leñe.

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Hace unos años procedí a una desnortada definición de bipolaridad por parte de un egregio académico que, en la introducción de su discurso, ejemplificó la enfermedad con el demonio y el angelico que se le aparecen a Goofy en los dibujos animados a ambos lados de los hombros. Y bien, le diría en este momento, ¿Qué hacer si, a ambos lados de los hombros, en lugar de aparecérsete un angelico y un demonio, se te aparecen Arévalo y Bertín Osborne?

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En cierto momento vi una posibilidad de un aumento de conciencia personal y social debido al uso frecuente (esto es, a días) de la Quetiapina. En los primeros días tendía a ver con claridad, a intuir los intereses de otros por cuyo resultado he quedado encerrado, levemente oprimido y destinado al asomo a esta ventana a la realidad que denominamos Redes, en general. Vi cómo mi cerebro se hacía consciente, avistaba un crecimiento de mi hipocampo y retenía informaciones venidas de muy diferentes equiparaciones. Hoy me siento en el revés, sabiendo que dejaré el medicamento en reposo durante la larga temporada (tres meses) en que me será suministrada medicación para acabar con mi virus C (empiezo mañana). Si bien, en un inicio mi tolerancia hacia el neuroléptico atípico era salvaje en su enormidad, hoy me veo difuso en cuanto a mi funcionamiento libre, con la vaga idea de defenestrar esta medicación cotejando mi voluntad. Estoy disperso y me cuesta leer, así como ver noticias en Youtube o en el Facebook. Mi asimilación se ve corrompida y yo sólo me digo que a la tarde, que está a una hora de distancia, lo veré todo de diferente manera mientras sostengo una cocacola en mi taburete y bebo de ella bajo opción de liberarme (después: tortillica y algo de pescado).

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Sobre las cuatro de la madrugada recibí un privi de Alabedra:
– Me pareces alguien interesante.
Mi respuesta ha sido interrogativa. Acto seguido me ha preguntado si era esquizo. Le he contestado que sólo era alguien inquieto, alguien que estudiaba. He hecho caso omiso a su pregunta de si oía voces. Dos minutos después me ha espetado “La esquizofrenia es bella, así como también lo es el suicidio”. Joder, mañana mismo me voy de marcha contigo, tío, me han entrado ganas de decirle. Después le he dicho adiós, tras bloquearlo por ser un ser inferior.

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«Conciencia anormal de significación» (Jaspers) o «Establecimiento de relación sin motivo» (Gruhle). Elije qué somos, morenazo/a.

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En una ocasión, Lou Reed preguntó a Burroughs si tenía un libro del estilo de Yonqui, que lo había fascinado. Y aquí viene la boutade del sátiro de la información, en plena Factory, va y le recomienda Ciudades de la noche roja (que dejé de comprar en 1997 porque no me llegaban los duros con la ilusión, ya dejada en el olvido, de encontrarlo de nuevo): Imagino al bueno de Lou preguntando por él en La Casa del libro de Gran Vía. Uy, pues… sólo nos queda de ese el de El almuerzo desnudo. Pobre chaval.

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Acerca de una soberbia divagación del bueno de Giorgio Manganelli en el postrero Amore (Ed. Siruela -regalo en un par de días de los enamorados-) llegaba a exceder las siete páginas que, con cierta virtud venida de la tontería (y clara mi admiración hacia la prosa del de la azurra), logré resumir, llegado el punto y final en: En estas páginas el autor, grande entre grandes, nos habla de lo satisfactorio que es para la pareja el hecho de cagar juntos.

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Las novelas de ciertos bebedores (hay numerosos, cierto que cada vez menos, paradigmas en el panorama literario español) son más aburridas que la mayoría de las estadísticas acerca de consecuencias en torno a subidas de las transaminasas. Me ahorro de paso citar las ocurrencias, que quien es grande siempre tiende a elaborar estilísticamente (nótese que uno evita la palabra “plagio”), del ATS que nos atiende en la seguridad social. A veces, pasa, que no nos encuentran la vena. No es que no esté ahí. De eso está hecho Cheever. Miren, a ese se lo perdono. No siempre eh.

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No sé muy bien quién me gusta más de ese par de modelos: Si la guapa con escultural cuerpo o la otra.

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La pasada noche pasó algo mágico. Es la primera vez que alguien se me adelanta en cuanto a la afirmación de que toda la medicina clínica que inaugura la era bipolar refiere a su consecuencia. Se me ha adelantado: Tras el haloperidol sólo hay excusas. Me ha sido inolvidable. Sienta bases sobre el lisérgico Jung como anticipador del final del psicoanálisis y toda esa caspa en universidades e instituciones de ese tipo, dedicadas a la creación de sociópatas. La primera vez. Además se trata de un hombre más o menos guapo. Un maestro. Ha dejado en agua de borrajas toda la belleza que me ha sido dada durante el resto de la noche que, dicen las voces, a pesar de que quedan solamente dos cigarrillos en el paquete, aún no ha acabado.

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Todo empezó por un flirteo, ligero, pero que iba en aumento. Hoy mi nuevo amor (probablemente definitivo) me ha dicho: “Me muero porque llegue el día en que me toque lavarte los calzoncillos.” No sé, yo he pensado en hijos, o metáforas de hijos (las metáforas a veces son más bonitas que los niños ¿O no?). Vamos, que la cosa va p´alante.

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Apenas me queda una obra de Michon por descubrir (re-descubrir en realidad). Escogí su lectura para mi ingreso en san Juan de Dios, donde ciertas dosis de psiquiatras eliminaron mi capacidad. Al abrirlo, como si volviera a mí esa época, leo subrayada la frase que inicia esta ópera prima de este gran estilista francés, (no traducido en esta ocasión por María Teresa Gallego Urrutia, sino por Flora Botton-Burlá). Pertenece la oración al poeta André Suarés, prácticamente desconocido acá, y nos dice “Por desgracia, él cree que la gente humilde es más real que la otra.” Abierto a interpretaciones ¿No?

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Un libre-pensador, un hombre orondo de modales bajos, un hombre hecho a sí mismo con una espátula hecha por él mismo me dice que ya tenemos 20 años, y que tener 20 años implica mirar el mundo con cierta altura de miras, con soberanía, condescendencia y sin arrugarse ante nada. Hace dos años estaba diciéndole a una señora que fumase banga y, hoy, mírame, decía ese hombre orondo, ese libre-pensador que nunca había abierto libro alguno, hoy yo soy el que ve. Yo le digo que mi paso por el psiquiátrico ha sido como ir a un parque de atracciones y el hombre orondo me mira, como adivinándose asertivo en su mirada, y no siendo más que el soplagaitas que es y fue al repetir que (vale, quizá yo no) la gente evoluciona, toma rumbo y es, incluso, un poco consciente de su destino. Lo vomité todo aquel puto día en la alfombra de la casa de sus orondos y amadísimos papás.

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La gran mayoría de los días el pensamiento de mi chica preferida es algo parecido al siguiente “¿Estoy viva? ¿Y, si lo estoy, me voy a morir ahora?”. Le digo que estoy de acuerdo en cuanto a la primera pregunta. Me levanto y, antes de darme cuenta de que mi lengua es una lija y mi tráquea también debido al consumo de tabaco, pienso si estoy vivo. La respuesta suele ser: Sí. Así que, bajo tal premisa, lo estoy o, muchas de las veces, hago como si lo estuviese. Acto seguido reparo en el estado de mi lengua y tráquea (también es verdad, ya con las zapatillas puestas) y me limito a pensar: café con leche caliente y azúcar, dos tazas, o vasos (no soy tiquismiquis para eso). Bien, el día ha empezado, sean las cinco de la madrugada o las tres de la tarde. Y ahora enlazo mis subsiguientes pensamientos: ¿Cómo seré recordado? ¿Me recordará al menos ella? Y, a lo que voy: Me veo como uno de esos ancianos que, al irse, alguien sostiene su mano y, al cerrar sus ojos, se dice para sí: Al fin ha descansado, el pobre. Y luego se reparten, de haberla, una herencia y eso. Aunque no sé yo si eso va a llegar y, en todo caso, tampoco es que vaya a estar yo por ahí rulando ¿No?

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Escojo un libro al azar en el ideario de nueva biblioteca del habitáculo en Brunnéticut y resulta ser La insoportable levedad del ser, de Kundera. Regalo de mi primera moza que, a su manera, procuraba imitar la especie de tortura a la que el personaje era sometido en el primer capítulo (razón por la que no avancé con el segundo). A mi manera, entiendo que mi levedad reside en que a su lado more Pavese, lejos de otros escritores italianos (claro, el color no rima ¿Entendés?). Acto seguido procuro a Pavese al lado de Celati, Manganelli, Erri de Luca, Calvino… cuando veo claro que Calasso está muy lejos de todos ellos, en una biblioteca más o menos personal que abarca toda su obra (y luego está que el Kafka de Citati existe en el departamento dedicado a Acantilado ¿Y Buzzati? Ahora no me preguntes). ¿De qué va esto entonces, de favoritismos? Pues no, acto seguido mi levedad es regresar a Roma, donde entro en una tienda de bollos y, al minuto, estoy dándome al exquisito sabor de una napolitana al funghi. Ya está bien, paso de mi biblioteca ¡Y hasta de Italia! Italia es tan bonita que… sí, eso, Léolo, para los italianos, y las italianas, ambos muy bonitos, tanto como Pirlo, Buffon y Baggio, a quienes amo (más incluso que a Vialli, pero menos que a Ornella Muti). He dicho.

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Conozco a algunos autores de cierto prestigio, fijos, en ocasiones, en diarios de tirada nacional, que, para mi sorpresa, logran mayor brillantez en los libros que no les hemos escrito los actores secundarios que conformamos el segundo plano de la gloriosa y denostada literatura española actual, sino ellos mismos.

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Desde pequeño se me metió en la cabeza que aburrir era un pecado. No obstante, hay público para todo. Y, a todo esto, hoy he recordado un poeta de facebook cuyos versos me aburrían mucho más que cualquier teleserie (elige la que quieras, la que más te haya aburrido en la vida). Sin embargo, siempre leí sus cosas, con interés, más incluso que el que concedo a otros poetas de facebook (son pocos) que sí me gustan, con el afán de que, al fin, lo consiguiera. Poder decir: Siempre me aburrió hasta que hubo un día en el que… ya saben. Bien, pues llevaba un tiempo sin verlo en el inicio y hoy he comprobado que me ha bloqueado, con lo cuál, me ha dado que pensar el hecho de: Mira tú por dónde, a ver si yo le aburría a él más todavía.

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Los mediocres somos capaces de cualquier cosa (eso sí, no vamos a ser como tú).

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