En resumen, seguir con esta mierda asquerosa (Facebook, diciembre de 2017)

Definitivamente me manifiesto en contra del terrorismo artístico (pondría énfasis en el aspecto literario, que he mamado desde mi tiempo pre-universitario -adolescencia-) consistente en que uno que más o menos escribe o pinta o toca el piano, e incluso su trabajo es compensado económicamente, esgrima y espete en publicaciones resúmenes sobre el por qué disfruta de manera sublime, e incluso padece ocasionales Stendhals, bien observando la maña con la que un insecto coprófilo hace rodar su alimento, bien abriendo la persiana con la intención de observar el alba, o el mar, o todas esas cosas. Es evidente que esta persona, no sólo come y lee mejor, sino que caga mejor. Es un hedonista convencido del retrete y, mientras realiza sus ocasionales deposiciones, prepara un Aria de Verdi en la cadena por un minuto en particular con el fin de regresar a esa experiencia que comparte con la amenidad que sabe en los desayunos o cuando coincide contigo en el bar. En el fondo es un problema político este asunto. Es la misma actitud que manifiestan algunas víctimas de asfixia en el erotismo. Esa jodida manía de dotar de mayor intensidad experiencias que se tienen casi a diario, el que más y el que menos. He conocido suicidas así. Aquel tipo que paseaba a todo lugar cargando el tablero de ajedrez era canelita para darse un homenaje con el intrascendental hecho de ganarle, joder. Lo intenté y habíamos firmado tablas cuando el tipo me dijo que la ley era que si había tocado el peón debía moverlo, cosa que hizo usando una palabra en francés, cuando él era inglés y estaba aquí de paso. Nadie nos quería. Le regalé una copia de una mierda de libro de poesía que siempre deseo no haber escrito y me felicitó porque yo era artista, al igual que su adorado Keats que, ay, murió tan tempranamente. Joder, le sueño ahorcándose. Sus hijas fornicaron con la chavalería íntegra del pueblo excepto conmigo, hecho por el cual nuestro ajedrecista dejó de hablarme. No me gusta, en realidad, imaginarle ahorcado, tampoco cagando. Quizá yo formaba parte de la misma mierda porque todos los expertos en psicología a los que me llevaba mi madre me decían que yo era una persona muy especial. Menuda mierda todo eso.
Es una cuestión política y que tiene relación directa con la asunción de una importancia distintiva de uno ante una sociedad que, hoy, me la pela. Mola vivir aquí. Enciendo la tele a menudo, aunque había dejado de verla, pero nunca salimos ni yo ni el inglés ni tampoco ese barman con el que yo hablaba de fútbol, cosa que sacaba de quicio al inglés, ya que eso del fútbol era un invento para burros, que no es que no lo sea, no, querido ajedrecista, no es que no dé asco, pero… yo intentaba explicarlo, quizá me había enamorado de él o algo, pero él, obtuso a su manera, no escuchaba porque, de seguida, se apartaba y abría su tocho con la obra íntegra de Keats al que, ay, lamentaba, lástima que no le hubiera dado tiempo para producir, un conocedor del amor como él. Sí, inglés, yo me he enamorado alguna vez en mi vida y, sí, reconozco que tengo otras preferencias líricas (el inglés no era conocedor de la obra de Philip Larkin, recuerdo, tampoco de Saint-John Perse, y tampoco conocía a Claudio Rodríguez -a todos ellos yo llegaba por influencia de otras lecturas y, a veces, por casualidad- que era la poesía que yo leía cuando le conocí, hará 15 años). Joder, recuerdo la actitud ante la vida del puto inglés. Y me miro a mí y, por mucho que poco después mi vida comenzaría de nuevo, volvería a equivocarme, chocar sin remedio contra muros a los que, al igual que al inglés, concedería un rostro. Lo peor es que sigo haciéndolo, confiando en el amor, que es sólo ofrecer mérito a la palabra confianza -de uno hacia un mundo en el que también ese yo es un él-. Pero no llego a más, no dejaría de hacerlo porque tampoco es que haya sabido vivir de una manera que no sea esa. A veces, sí, encuentro en mis ocios lugares donde blanquear la mente e incluso aprender algo, pero tampoco son una cosa del otro mundo. No me parece mal, sin pecar de terrorismo artístico (¿Por qué lo habré denominado así si creo estar seguro de haber empezado a hablar tempranamente de otra cosa?), compartirlos en la red.

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Hace unos pocos días una amiga de mi madre (es profesora de lengua pero se admite desfasada en cuanto a una literatura que denomina “de los chicos de ahora”) me pidió consejo para regalar un libro a una sobrina suya. Lo primero que le pregunté fue qué edad tenía la sobrina. 17, bien, adolescente. Estaba yo pensando en Bajo las ruedas, de Hesse, o Homer y Langley, de Doctorow, cuando me dijo que tenía entendido que lo que más le gustaba era la poesía. Naturalmente, yo no podía figurar el perfil de la adolescente, así que pregunté a la amiga de mi familia si conocía algún autor que motivase especialmente a la joven, un autor, una temática, no sé. Del amor a la oscuridad ilimitada hay un sinfín de matices, añadí, dándomelas del autor que la amiga de mi madre me supone. Entonces dudó, me dijo que lo que más le gustaba al llegar del insti era encerrarse en su cuarto y leer. Que había uno nuevo que le gustaba mucho. Uno ruso, filósofo, pero que también hacía poesías. Tardamos en dilucidar que, ay, se trataba de Bukowski. Y bien, ya estaba todo hecho, pensé en todos los libros de follar y drogarse del mundo y, entre muchos otros, me vino a la cabeza Narcisa, de Jonathan Shaw. Le va mucho a ese estilo, añadí, sin duda es un caballo ganador. La mujer lo anotó en un papel y dijo que lo iba a buscar en La Casa del Libro. Seguro que allí lo tienen, aseveré. Joder, la juventud. Se parece demasiado la juventud a mí cuando yo era miembro de la juventud, pensé, y, tras hacerlo, realicé veinte genuflexiones.

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Poco antes de serenarme con benzodiacepinas y llegar a un estado pacífico donde el hipnótico Zolpidem comienza a ralentizar mi vida mental de cara a coger pronto el sueño, me he embebido de textos ya leídos (exclusivamente cuentos cortos), partiendo de Chejov como la definición que encuentro, a mi modo de ver, en el cuento clásico. Esto me ha llevado a Poe, que hacía otra cosa con ellos donde se pueden ver algunas reminiscencias de ese tipo. Luego he atajado definitivamente en la búsqueda de rarezas, el expresionismo de mano de Arlt, el surrealismo amable de mano de Wilcock y Leonora Carrington. He virado hacia las fábulas de Benedetto y Arreola, y no he querido olvidarme del bueno de Felisberto Hernández que, básicamente, salvo en alguna cosa muy aislada, se dedicó a algo a lo que podría llegarse pasando a la menos discreta imitación. Piñera, Topor y Keret han puesto cierta dosis de humor en mi noche, de un humor a veces desesperado, convulsivo (es el que más nos gusta). De telón de fondo: Informe para una academia, de Kafka. Y, como postrimerías, algunos selectos de Eudora Welty y Flannery O´Connor. Son junto a otros, entre los que no faltará Salinger (tampoco Foster Wallace) mis regalos de Navidad a distancia para Ana, que esperarán su ocasión a falta de algo mejor, de algo que llevemos a cabo cuando regresemos a estar juntos.

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Tengo debilidad por una escasa cantidad de pequeños cuentos. Es probable que lleguen a los cincuenta. ¿Saben ustedes?
Siempre que he tenido ocasión de dar una clase (gratis -lo digo porque mucha gente cobra por darlas, lo cuál no me parece criticable-) sobre LAS MUÑECAS, de Juan Rodolfo Wilcock, no la desaprovecho. Sobre todo cuando el estupor generado por las personas que acuden regularmente me es considerable. Es un cuento que, por otra parte, se amolda a definir ciertas experiencias de tipo creativo llegado el caso de tratar lo que las redes sociales han hecho, en parte, por nosotros, lo cuál no es malo. Una vez me animé a copiarlo letra por letra para hablar del fenómeno blogger. Hoy lo he encontrado en Ciudad Seva (una página excelente) y no voy a dejar pasar la oportunidad de compartirlo con ustedes:

“Es un gran armario de madera de nogal, simple, vertical, al mismo tiempo pesado y elegante, casi un símbolo de la digna estabilidad; por otra parte está siempre cerrado. Por dentro, el armario está dividido con estantecitos, y en cada uno de estos estantes vive una escritora; en realidad son las viejas muñecas que se volvieron escritoras solamente por obra de la inacción, la oscuridad y el aburrimiento. Por esa razón todas llevan trajes coloridos, a menudo los trajes de alguna región o provincia, y la cabeza ligeramente desproporcionada respecto al cuerpo, demasiado aplanada, demasiado en punta o simplemente demasiado voluminosa; salvo una poetisa que la tiene pequeñísima, y esto hace reír mucho a las demás, como si tener la cabeza pequeña fuese más gracioso que tenerla grande.

De todas formas, y como el armario no se abre nunca, y los estantes no permiten otra comunicación que la habitual entre los presos, por medio de golpecitos dados en un sistema convencional, poco a poco casi todas las muñecas se han dedicado a la literatura, y así se volvieron novelistas, poetisas, críticas literarias, críticas teatrales y consultoras de editoriales. Allí dentro todo es un continuo repiqueteo: cada una quiere hacer oír a las otras sus propias obras. Pero éstas son, de más está decirlo, obras de muñecas. Está la novelista con gafas que después de diez años de trabajo consiguió escribir esta novela, titulada Huelga: “Hacía frío. Los obreros hacían huelga. Sobre el más frío el más joven murió de huelga”. Está la dramaturga de vanguardia que cada año presenta la misma comedia en un acto, titulada El otro: “ANA: Dame un beso, Edgardo. EDGARDO: No puedo, amo a otro”. Está la chica teatral que cada semana redacta su veredicto: “Brava la Breva en el papel de Briva”. Y está la poetisa de la cabeza pequeña, la más prolífica de todas, que una vez al mes rehace, cambiando la rima, la misma lírica:

Pobres
los
Pobres.

En la oscuridad, convencidas de su importancia, las muñecas de la cabeza desproporcionada se mueven, toman posturas, amenazan a los gobiernos extranjeros si éstos quisieran seguir persistiendo en el error, y pasan todo el día transmitiéndose sus propias composiciones. En vano, porque ninguna de ellas quiere escuchar lo que escriben las otras, y por otra parte no todas manejan el mismo sistema convencional de golpecitos, así que sus esfuerzos caen inexorablemente en el vacío. A veces alguien se acerca al armario cerrado, acerca la oreja a las puertas de nogal, y comenta: “¡Pero este armario está lleno de ratones!” Por eso nadie quiere abrirlo.

FIN”.

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Con motivo de la presentación de mi buen amigo Alberto Ávila Salazar (La mitad de un monstruo) asistí el martes pasado (cosa para la que estoy para pocos trotes últimamente) a la Casa del Libro de Gran Vía. Debido a cómo me encuentro y las ganas que tenía de reencontrarme con mi amigo y su libro (recién empezado) tiré de mi padre y nos encontramos en el sitio cuarenta minutos antes de lo previsto, con lo cuál, tras el necesario cigarrillo post viaje en coche, nos dedicamos a mirar novedades y, lo que suele ser mejor, nada de novedades en absoluto.
– Mira, papá ¿Te acuerdas de Salmán?
– Joder, qué viejo lo vi la última vez.
– Su hijo (Marwan) le ha retirado con esto. No, déjalo, no lo mires tanto o creerán que tienes una hija de 15. Venga, déjalo.
– Deberías escribir tú estas cosas.
– Lo sé, pero no lo hice ni lo hago. Me cae bien, pero a veces me meto con sus best sellers, que no digo que no lo haya buscado, eso nunca lo he dicho.
– Joder, qué cabrón el Salmán.
– Era de los mejores, lo digo sin guasa. No, a mí no me lo pases. Está en casa dedicado, así que si quieres leerlo te lo paso.
– Seguro que lo entiendo mejor que a ti.
– Estoy seguro de que te va a gustar, no lo dudo.
Después: Tentación de adquirir Llévate el paraguas por si llueve, de Diego Medrano. Lo dejo. Lo haré (quizá) pero otro día. Al loro, mi padre dice que le gusta oír a Pérez-Reverte. Dice que habla muy bien, que da gusto escucharle. Papá, por favor, estas cosas dilas tirando a que sólo te oiga yo. Una señora coge un libro de Margaret Atwood (a quien no he leído) para hojearlo. Parece de barrio. Me fijo en ella. Lo deja y acto seguido coge Falcó de Pérez-Reverte. Joder, noto cómo el encanto del recinto se esfuma en menos de veinte segundos.
– Mira, papá, la otra vez que estuve en facebook me llevaba muy bien con éste.
– ¿Y ya no?
– No me acuerdo.
– Aquí no creo que estén tus libros ¿No?
– No, es fijo. Ni preguntes, por favor.
– ¿Y si pregunto para ver si los tienen a la señorita?
– Te he dicho que ni se te ocurra, te lo pido por favor.
Una vez encontré Diccionario de signos, de Cristóbal Serra, en la Ese. Se me ocurre mirar la Ese, pero la única Ese que encuentro está seguida de la I, y no encuentro la Ese y luego la E.
– Esto ha cambiado mucho desde que yo venía, papá.
Ya en la sección de novedades, dudo entre dos perlas cargadas de derechos de autor que aún no he leído tratándose de autores de los que he mamado todo menos esto, son Beckett (el Watt) y Bernhard. Ya los pillaré cuando tenga dinero.
– ¿Te lo vas a leer todo?
– Leeré el de Alberto el siguiente.
Adquiero, con todo el dolor de mi corazón, pero también con ilusión, En el corazón del corazón del país, de William H. Gass. Mi padre me dice que quién es Gass, que si el de los mecheros. Le pido por favor a papá que esos chistes los haga en voz baja y le digo que es un señor de USA que murió la semana pasada. Me lo voy a leer entero, le digo. Toda su obra. Soy súperfan de este señor, papá. Papá me dice que de pequeño sólo le quería a él. Tiene celos de Gass, papá. Le digo que ese señor está muerto y que él, por fortuna, vive. Nos damos un abrazo ante la mirada de una joven libro-adicta. Después vamos a la presentación. Joder, pues no estuvo nada mal, y el libro de Alberto promete mucho. También el de Gass. ¿Por qué? Oigo que me está diciendo mi padre mientras escribo esto ¿No ves que no lo has empezado todavía? Es una corazonada, papá, joder, que no nos entiendes a los que llevamos en esto TODA UNA VIDA. Al salir nos bebimos una cerveza y me invitó a un bocadillo de jamón. No era un súper-jamón, no, pero me dijo que le había comprado uno a un amigo para estas fiestas. A ver cómo sale.

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Mi vocabulario hoy sólo puede darse a la fatiga, demasiado esfuerzo. A mí lado los frutos, que deberán esperar se vaya esta fatiga para proceder a convertirles en materia de estudio. Síntomas: Acatisia moderada, fruto probablemente de haber hecho de mi causa el existencialismo, tics nerviosos en ojos y boca. Las cosas, de repente, son cosas que se pueden tocar. Me debo a algunas lecturas (otro día) y en ellas se encuentra el regreso a Blanchot (tras aquella a la que me di me dije poder con el resto, pero lo postergué). En definitiva, las circunstancias de las cosas -¿en qué caso? ¿dónde y cuándo? ¿cómo?- vanas excusas que me retrotraen a la fatiga donde uno se procura para el cajón un selfie bajo mensaje: Esta pintomima de acá abajo he sido en la noche. En el mañana ya aparecen, al fin, cosas como el clima. De ahora en adelante voy a ocuparme del clima, de ahora en adelante, momento en que me esperan -desde su silencio- todo lo no dicho en Blanchot. Esos espacios en blanco sobre los que irá a parar la ceniza de mi cigarro. De todos aquellos cigarros que encienda mañana.

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Algunas obras son necesarias siempre debido a que no se acaban nunca de leer. Aparte de algunos subrayados, a saber dónde andan, tenía Los cuadernos de Malte Laurids Brigge, de Rilke (luego inspirarían a Sartre para La náusea, un peñazo breve al que se le agradece su sentido del humor) entre ese parnaso de obras donde tengo muy pocas, y a las que volvía siempre de nuevo (aunque fuera para encontrar subrayados) y donde yo quería ver la primigenie de lo que se ha denominado Género fronterizo con una nueva lectura, pero se pierde biblioteca durante las mudanzas y esta vez, junto con algún otro divertimento menos importante (pienso en Autorretrato, de Levé -que, no obstante, imagino algo inencontrable-) le ha tocado el turno a la única (y grande) novela de Rilke, disímil completamente con el resto de su obra y traducida por Francisco Ayala para la editorial Losada. Iba a regresar y he notado un vértigo ¿Dónde habría de estar? No, no la veo por ningún lado. Se me hace una posibilidad volverla a adquirir (quizá en Alba, algo cara) y reservar para esos libros que releo y nunca acabo de terminar un espacio donde colocaría de inicio Los ensayos de Montaigne para, por qué no, finalizar con los Diarios de Gombrowicz, pasando por los de Kafka, Musil y Bloy, El oficio de vivir de Pavese y algún otro. Oh, my god, no voy a poder, por falta de útiles para el sueño, regresar a mi trabajo en una larga temporada.
Corrección de estado: Lo acabo de encontrar, queridos Reyes Magos (acompañado de Tiempo de silencio, otro para ese lugar al que volver de mi biblio).

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El papel que asumo primordialmente en las charlas, más que el de fauno, es el de charlatán. En cuanto a la palabra escrita (teniendo en cuenta que escribir y leer son dos actos pares creativamente) odio aquellos en los que me veo involucrado más en cuanto a forma que en cuanto a fondo (no deja de ser paradójico que ayer iniciara a secundar mi lectura de Solenoide). En lo particular (cosas que yo he escrito) odio en mis textos aquellos que muestran cierta habilidad en cuanto a sonido o la facilidad para crear imágenes literarias. Sin embargo, en cuanto a los filósofos modernos, me gustan esos, los literarios. Nietzsche, salvo en verso -le atizaron bien en cuanto a ese ánimo, y merecidamente-, se vio gustándole a esa Alemania tras crear su obra magna (acordemos que es El nacimiento de la tragedia). No obstante es un libro que me provoca rechazo, no así como el pensamiento desligado de pensamiento del Nietzsche presenil que se deja ver en Ecce Homo (un libro que, en su día, me provocó carcajadas) o la sorpresiva lírica de ese anteriormente archiconocido Así habló Zaratustra. Me ocurre lo mismo si me expongo a la verdad (negada) de Schopenhauer en toda su obra. Y lo mismo diría en el íntegro (menos conocido por mí) de Kierkegaard, por mucho que su figura siempre al borde de la muerte me fuera algo inspiradora. Es, naturalmente, una relación de amor-odio con la literatura. Un filósofo como Durkheim (primera lectura obligada con la que me vi en Sociología) me fue el más absoluto peñazo. En los exámenes yo escribía a la manera de Bukowski (entiéndase, tono bajo, despreciativo y no exento de cierta chispa) y, en los descansos, me iba a la cafetería en busca de un vino o dos (Rioja, creo recordar). ¿Qué en cuanto a Cioran? Era aproximadamente 1997 cuando comenzaba a darme a ello (otro poeta, bien conocedor de la historia). Cómo no lo iba a subrayar hasta el último párrafo (me viene a la cabeza el título El ocaso del pensamiento, también Breviario de podredumbre o La tentación de existir). Odio el mal y esto me ha llevado, en ausencia de mi propio pensamiento, a repetirme en fórmulas, si bien no en juegos. Era ya 2008 cuando descubrí a Quignard. Ahí me vi vendido hacia una sola cosa (a la multiplicidad de una sola cosa). Y supongo que todo ello no me lleva a ningún sitio (tampoco como creador -del todo supuesto y relegado a una editorial local-). Nunca sé si continúo o no en ese ejercicio. Es un ejercicio que se llama Abogo por la muerte del pensamiento, pero que las comas estén bien puestas. Y me es triste, sí. Justificante de lo corto que me he quedado.

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El quedao absoluto se define por estar enfrente de ti en el mismo vagón de metro y mirarte con una sonrisa en los labios. Acto seguido, el quedao absoluto comienza a hacerte gestos. Una vez harto, le preguntas al quedao absoluto si habéis cenado juntos y es que no te acuerdas. El quedao absoluto empieza a reírse histéricamente y al final suelta, con risotada incluida, un “Te he visto en sueños”. Procedes a decirle que tú no a él. Dos minutos después, el quedao absoluto se ha puesto enfrente de otra víctima inocente y procede a igualar al menos el nivel mostrado anteriormente.

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La persona desnortada aparece seis minutos tarde en el café y me presenta a un tipo que se acaba de encontrar. Cuando esa persona se va, la persona desnortada te lo describe abriendo comillas con los dedos y diciendo que Juanpa (así parecía llamarse el tipo) es el (abre comillas) típico malasañero (cierra comillas) y posteriormente te dice que Juanpa hubo una época en que eran los mejores amigos o, incluso, se acostaban. La persona desnortada acaba la conversación diciendo que recuerda a Juanpa como un (abre comillas) auténtico personaje (cierra comillas). Pagas el café mientras ves que la persona desnortada se dispone a mirar hacia otro lado con cierto aire estudiado de nostalgia. Venga va, te dices, pues pago los dos, si en el fondo me da pena. Luego la persona desnortada te dice (abre comillas) asias (cierra comillas).

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En fin… resumen de la mañana con sus consecuentes felicitacionesnavideñas (mi lista de contactos se ha minimizado -por cuenta mía- de tal manera que puedo decir: a todos). No ha tocado ni una pedrea por esta casa (al contrario que absolutamente todas las navidades anteriores, consistentes en pudrirme de dinero -ya gastado, exclusivamente en pirotecnia-). Albor de una editorial interesada en un inédito mío (me apuesto lo que sea a que es un bulo relacionado con la autoedición -naturalmente viene a la cabeza aquella frase que usaba tanto la abuela que decía que valía más nacer con gracia que ser gracioso-). He comido dos hamburguesas (vacuno), con patatas (algo revenidas) y un huevo frito. Sigo odiando a la gente que usa demasiado la palabra “procrastinar” (¿No es más bonito “postergar”?), ni hablar de lo insólitamente recurrida que es “influenciar” (¿No es más agradable la palabra “influir”?). Por lo demás, mi deseo es que sigamos vivos (nótese que no he hablado de la cosa catalana, ni de fútbol, ni tampoco de libros), por aquí a ser posible, y poco más. Besos mil.

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